ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


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Parejas. XXIII Certamen literario Café Compás Parejas, Daniel Carrascal Platero

           

Pares sueltos

Ernesto TUBÍA LANDERAS

 

A Mariola, mi par

Desde que unieron mi vida a Zurdo en la fábrica textil de Arnedo, mi devenir como pareja monógama fue, única y exclusivamente, para disfrutar de la compañía del calcetín izquierdo que, cómo no, compartía conmigo todos y cada uno de mis pasos.

Éramos dos calcetines de deporte de un blanco níveo, con dos rayas horizontales rojas en la parte superior y, bajo ellas, el dibujo de unas raquetas cruzadas que indicaban el lado del calcetín que debía quedar en la parte distal de la pierna y, por ende, qué calcetín correspondía a cada pie. Tras un fugaz paso por la mercería de doña Anatola fuimos vendidos como parco regalo de reyes, junto a unos calzoncillos aún más sobrios, de una tía a su sobrino, que nos recibió con un fingido regocijo que sirvió, al menos, para que la rácana hermana de su madre cumpliera con el expediente navideño.

Así, en apenas un par de meses de vida, Zurdo y yo pasamos a formar parte de la vida deportiva de Carlos Vidal Gil, un joven de veintidós años, estudiante de medicina, que dedicaba el fin de semana y los jueves por la tarde a la práctica de baloncesto, horas en las que Zurdo y yo éramos indispensables. Corríamos de un lado a otro de la pista, nos elevábamos del suelo como si poseyéramos la capacidad de volar, acelerábamos y frenábamos con la misma precisión que un vehículo a motor. Huelga decir, bien cierto que es, que el pago por disfrutar de la pasión de Carlos era recibir y acaparar una humedad con un característico y no demasiado amable aroma, que una vez llegábamos a casa, tras la ducha de Carlos en el vestuario, nos convertía, tanto a Zurdo como a mí, en los elementos más apestosos de la bolsa de deporte.

A partir de ese momento, empero, cuando Elisa, su madre, nos sacaba de la bolsa sujetándonos apenas con dos dedos, haciendo pinza, llegaba el mejor momento, que no era otro que disfrutar del lavado a cuarenta grados, jabonado y posterior centrifugado, que si bien no nos devolvía al blanco nuclear que tuvimos antes de ser estrenados, sí que nos distinguía como unas prendas de calidad, cálidas y acogedoras. Allí, sumergidos en el ingobernable vaivén de la ropa blanca con la que compartíamos ciclo, bailábamos con las camisetas de algodón, nos acurrucábamos entre los embozos de las sábanas de franela, incluso, no nos engañemos, éramos propensos a ciertos escarceos rijosos con la ropa interior de su hermana Irene, arrebujándonos con las tiras de sus sujetadores al cobijo del relleno de su copa noventa y cinco. Era, en esos desordenados instantes, cuando más separados estábamos el uno del otro. Pero, tras el baño en el que recuperábamos buena parte de nuestro esplendor, llegaba un momento mágico como no había otro.

Carlos vivía junto a sus padres en la última planta de un edificio en el centro de la ciudad. Por lo que el tendedero en el que nos secábamos al sol en los meses amables y con la virulencia del viento gélido en los fríos, estaba ubicado en la azotea, desde donde podíamos otear, no solo los techos y el crecimiento de la ciudad, sino el horizonte por donde asomaba cada amanecer el sol, alumbrándonos ahí, prendidos el uno junto al otro, fijados al cordel por dos fiables pinzas de madera que jamás cedieron al envite del viento. ¿Acaso hay mejor regalo a la vida que contemplar un amanecer tras otro junto a tu pareja? No lo creo.

Quién nos iba a decir que tras uno de esos lavados, que nos reconfortaban y divertían a partes iguales, llegaría el momento que ninguno de los dos quería vivir, que jamás nos planteamos, que destruyó todo cuanto habíamos sido.

Aquel atardecer de junio, tras el centrifugado que nos eliminaba parte de la humedad acaparada en el ciclo de lavado, fui el último en ser recogido del fondo del valde de plástico donde Elisa nos dejaba caer y del que nos iba sacando, uno a uno, para ir colocándonos en las cuerdas del tendedero. No era la primera vez que ocurría. Normalmente colocaba primero las prendas más gruesas, las que ocupaban mayor espacio en las cuerdas, confinándonos a los más pequeños a agolparnos en las esquinas junto a los perfiles metálicos o estrujados entre prendas de abrigo. Sin embargo, aquel día, cuando la delicadas y suaves manos de Elisa, que emanaban un amable aroma a jabón, recogieron unos slips blancos, tan solo yo quedé en el fondo del cubo. Solo. Más solo de lo que nunca me había encontrado.

Recuerdo la cara de Elisa mirándome como si contemplase un objeto extraño, uno que es la primera vez que se observa, o que se descubre después de un tiempo sin verlo. Alternaba la mirada, ora hacia mí, ora hacia la escalera que ascendía hasta la terraza, como si Zurdo fuera a llegar brincando. Después, se encogió de hombros, me recogió y me abandonó colgando de una pinza de plástico en una esquina del cordel. Era la primera vez durante mi existencia en la que me tendían sin Zurdo, había dejado de ser par. Ni siquiera un amanecer hermoso como pocos, al desprecintarse un nuevo día, pudo extraerme del terror que me atenazaba las costuras y cimbraba las raquetas cruzadas.

Esperaba, no obstante, un guiño del destino, que Zurdo se hubiera caído por el camino o escondido dentro del tambor de la lavadora, pero eso no ocurrió. Cuando Elisa recogió el tendedero, tras regresar a casa me condenó al lugar del que muchos hablaban y que todos temíamos llegar a conocer, y que no era otro que el cajón de los pares sueltos.

Aquel era un lugar lóbrego, inhóspito, donde moraba todo aquello que por circunstancias diversas había quedado obsoleto, aunque en la mayor parte de los casos se trataba de parejas disueltas. Allí, mientras rumiaba mi desconsuelo junto a una radio con el vientre sulfatado por unas pilas defectuosas, me sorprendí al reencontrarme con la mitad de algunas parejas a las que había echado de menos en el armario ropero. Un guante de lana negro, que tan solo pasaba con nosotros los tres meses más fríos del año y que resultaba un tipo cálido y grueso. Una zapatilla de bebé con los colores deslavados, que debió pertenecer a Carlos cuando era un niño y que seguramente solo conservaban por la nostalgia de aquellas pataletas pretéritas, cuando no quería regresar a casa desde el parque y donde, sin duda, se perdió el otro par. También una media negra y sedosa, que añoraba cuando las manos de Ginés, el marido de Elisa, la deslizaba con calma y una ansiedad comedida por los muslos de su esposa, para después dejarla caer a los pies de un agitado lecho. Incluso, en un recodo del cajón de pares sueltos, dormitaba un gemelo que, impar y triste, incluso había perdido el brillo y la gallardía de otrora, cuando lucía reluciente junto a su pareja, en las muñecas de Ginés los días de guardar y en alguna boda.

En ocasiones, pocas, la tapa se abría y uno de nosotros era rescatado porque había aparecido su pareja, como cuando el guante de lana al hacer un nuevo cambio de temporada regresó al cajón de la ropa de invierno junto a esos eternos y sudados solteros, como son los gorros de lana. Pero para mí pasaban los meses y la soledad se hacía fuerte, como un invierno perpetuo. Hasta que, al fin, un día al abrirse la tapa de la caja, los dedos de Elisa me atraparon y me sacaron de ella, uniéndome, como antaño, a Zurdo.

Su aspecto era horrible, deshilachado, renegrido, roto a la altura del talón. Elisa farfullaba algo sobre el tiempo que debía haber pasado incrustado entre el tambor metálico y la ranura del desagüe de la lavadora y su completa inutilidad en ese estado. Nos recogió estirándonos a la par e hizo un nudo con ambos a la altura de los tobillos, que nos dejó tal y como siempre habíamos querido estar, unidos, sintiéndonos el uno tan cerca al otro, que nuestras fibras casi parecían entremezclase para crear una prenda nueva. Después, sin dilación, abrió la basura y nos dejó caer al interior, sobre un lecho húmedo de restos de brócoli. Cerró la tapa y la oscuridad se cernió sobre nosotros, con más incertidumbre que nunca. Sin embargo, a pesar del angosto espacio y del horrible olor a inmundicias, no me había sentido tan dichoso desde aquel centrifugado que nos había separado, convirtiéndome en uno de esos tipos hastiados que los modernos denominan como singles. Poco importaba a qué contenedor nos arrojaran, cómo nos tratasen en las líneas de selección de residuos o si finalmente nos incineraban. Cuando has aprendido a caminar, correr y saltar junto a alguien, lo único que deseas es que el fin también te alcance junto a él. Bien seas Romeo y Julieta, don Juan y doña Inés o un par de calcetines deportivos, con rayas horizontales y un par de raquetas cruzadas.

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

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