ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Una cerveza, por favor. XXII Certamen literario Café Compás Una cerveza, por favor., Daniel Carrascal Platero

           

Una cerveza, por favor

Constanza AGUIRRE ORREGO

 

Con esos zapatos tan feos, como ortopédicos aunque sin serlo, me recogía a la salida del cole y enfilábamos por la calle angosta aunque tuviésemos que dar más vueltas. Zapatos estilo mocasín les llamaban, que no paraban de engullirse los calcetines, y yo intentando seguirle el paso dignamente, pero a cada paso menos calcetín, y yo coja hasta que llegábamos al bar y él decía, como si realmente estuviese sorprendido, mira qué casualidad, estamos en las puertas de El Cielo. Y es que así se llamaba el bar de la calle angosta y todo me parecía muy mágico porque, para rematar, el nombre del dueño era Ángel, un tipo que sólo reía, pero no decía ni media palabra. Se pasaba el rato haciendo contorsiones para rascarse la espalda y él al oído me susurraba que eso de rascarse lo hacía porque ahí había tenido sus alas, pero que por practicidad y estética se las tuvo que cortar y es bien sabido que las cicatrices siempre pican. Al parecer al cabo de un tiempo aquello de que no hablara me empezó a extrañar y él me aclaró que lo de hablar era cosa de humanos, no de ángeles, que quién dijo que en el cielo se hablaba. Allí todo el mundo se lee el pensamiento mientras se echan una caña, afirmaba. Y cuando yo ya estaba aburrida de pisar El Cielo cada día y le pedía que mejor fuéramos directos a casa, me contestaba que por él sí, pero que aquello puesto ahí de camino a casa, era una señal exclusiva del Señor para nosotros y que Dios siempre ha sido muy rencoroso cuando se le hace un feo. Entonces, con una mezcla de entre resignación y soberbia, como si ser elegida por Dios me convirtiera en parte de la realeza, asentía, entrábamos y me encaramaba al taburete. Tengo más sed que ratón envenenado, comentaba. Para la princesa una Fanta, para mí una caña bien fresquita. Ángel nos traía el pedido volando y antes de sorber su vaso chorreante de espuma, me robaba un trago de Fanta porque le encantaba todo lo que involucrara naranjas. En invierno la uña del dedo gordo de la mano, la de tocar la guitarra, se le ponía naranja de tanto comerlas. Miraba la botella con michelines y soltaba aquello de Señora, yo que usted suspendo los postres, y reía. A la quinta cañita se ponía serio y me decía que había que tener ojo con los michelines, que cuidándome un poquito la línea, le haría la competencia a Grace Kelly, que todo el resto ya lo tenía, y yo pensaba que cómo le iba a hacer yo competencia a nadie, ni siquiera a los gusanos del cadáver de Grace Kelly. Y yo bajaba la vista y mis mocasines con la boca llena de calcetín parecían asentir. Mi princesa, usted puede hacer lo que quiera en la vida. Pero yo no me lo creía. Nunca me creía nada de lo que me decía porque siempre estaba un poco achispado cuando me soltaba cosas como esas. Pero pasados los años, fue así como nos acostumbramos a hablar de lo que importa, o de lo que cuesta, o de lo que se desea, una vez que la Virgen, que según sus matemáticas religiosas era la mujer de Ángel, que se llamaba Mariana, pero a la que él llamaba María, le dio su permiso para subirle los grados alcohólicos a mi Fanta, consiguiendo colocarme a la altura de lo que parecía ser la vida en serio. Lo de antes era un borrador, me decía. Una cosa es en el cajón de casa y otra cosa es en Hacienda. Tú tranquila, ya verás cómo lo consigues. Y cuando volvía con otro NO a cuestas, me agarraba de la mano, me sentaba en un taburete de El Cielo y disimulando su decepción pedía un par de Quelesden bien fresquitos. Y Ángel, que entendía esa y todas las lenguas del mundo, porque había nacido en medio del sarao de la Torre de Babel y además leía la mente, sonreía y sin decir ni mu agarraba dos vasos y obraba el milagro del tirador. Hay que ser tonto para decirle a esta niña que no, ¿no es cierto Ángel? Más tonto que comprar agua en polvo. Y venga a reírse los dos, hasta que me animaban y yo decidía que bueno, pero que me pusiera mejor algo sin alcohol, algo naranja para verlo feliz pese a mis NO, pero él me decía que me dejara de hostias, que la cerveza no era alcohol, que la categoría “alcohol” empezaba recién con el vino, que de ahí para abajo todo es de la familia del agua, que por eso cuando se toma cerveza se va tanto al baño. Y Ángel asentía mientras se rascaba la espalda, que yo a esas alturas ya sabía que no era de ninguna cicatriz, sino que era algo más bien de carácter nervioso porque resultaba ser que la virgen Mariana tenía menos de virgen que yo de Grace Kelly, pobre Angelito. Y yo le repetía que, al igual que mamá, nunca le había comprado esa teoría del agua y cerveza hermanas gemelas, y entonces él me hablaba de mamá. Que había sido una mujer maravillosa, pero muy fría. Más fría que un iglú con la puerta abierta. Que es cierto que hay cosas cuya obligación moral es estar muy frías como por ejemplo las cañas, pero hay otras que frías son un pecado, como el alma, princesa. Y se le llenaban los ojos de lágrimas. Nosotros somos artistas, somos apasionados, proclamaba. Me explicaba la historia de cuando casi se fue de gira por Sudamérica con una banda que tenía un guitarrista que le faltaba un dedo, el Sinfing, porque cantaban en inglés, se entiende, ¿no princesa? Y el Sinfing un día se enamoró de una rusa y para demostrarle que su amor era de verdad, se fue a pie detrás de ella. Todos los del grupo pensaron que a Rusia, y aquello sonaba demasiado lejos e involucraba demasiados kilómetros. Así que lo llamaron a él para sustituir al Sinfing, y con los ojos iluminando El Cielo y a todos sus comensales, soltaba que aquello fue lo más lindo que le ha pasado en la vida, después de mí, claro. Que nunca se va a olvidar de esa sensación de que por fin empezaba su vida, de que se acababan los borradores. Pero la felicidad sólo le duró unos días, porque resultó que no, que la rusa vivía en un pueblo al lado de Málaga, a cinco kilómetros del Sinfing y trabajaba en una casa de aquellas con varias rusas más y el Sinfing al final se dio cuenta de que las otras rusas no eran las hermanas ni la madre y que los hombres que las visitaban tampoco eran primos, y con el alma destrozada regresó esta vez de rodillas rogando que lo volvieran a aceptar en el grupo. Y ahí acababa la historia de cuando casi cruza el charco para tocar la guitarra con ese grupo del que nunca quiso mencionar el nombre, porque le daba tanta rabia recordar ese gran NO que los ojos se le apagaban trayendo el ocaso a El Cielo, y se lamentaba por los autógrafos que hubiese dado con sus cinco dedos, como tiene que ser. Y luego de tragar saliva con dificultad, soltaba un tengo más sed que policía en fiesta mayor y volvía a aquello de que él no, pero su princesa sí que llegaría lejos, porque al parecer hay gente que nace para la contabilidad y no para ver mundo, y que aquello de la contabilidad tampoco estaba tan mal y que quizás fuera para mejor no cruzar el charco que es lo de menos, que lo que ninguno de esos de la banda sin nombre hizo fue atravesar la cordillera, que eso sí que era llegar lejos y peligrosísimo además, y entonces contaba la historia de unos deportistas que su avión se había caído allí, en plena cordillera, y que nadie los rescató y que habían tenido que comerse unos a otros porque aquella montaña te hacía tener más hambre que el Tamagochi de un manco.

Años más tarde, desde el avión, después de cruzar el famoso charco y la famosa cordillera de los accidentados hambrientos, pensando en todo lo que no había querido pensar durante tanto tiempo, sentada en uno de esos asientos enormes, mirando por la ventanita enana repleta de nubes, me pregunté si aún existiría El Cielo. Y me di cuenta de que nunca brindamos por un SÍ. Ese SÍ que tardó demasiado en llegar, que llegó cuando él ya había decidido hace mucho irse de la tierra sin pedirle permiso a nadie, ese SÍ que según él me tenía preparado Dios porque yo lo sé, Gracia María, que lo tuyo siempre será la pantalla grande y punto pelota. Y de camino al hotel, muerta de calor, parecía estar escuchándolo decir su clásico estoy más seco que escupo de momia y casi le grité al chófer que paráramos en un bar. Y el pobre hombre, acostumbrado a las excentricidades y seguramente al alcoholismo de las actrices, me hizo caso.

  • ¿Qué quiere tomar la Señora con este calor infernal?
  • Una cerveza, por favor. Bien fría.
  • ¿No quiere un Fanshop, mejor?
  • ¿Qué es eso?
  • ¿No conoce el Fanshop? A los extranjeros les encanta.
  • ¿Qué lleva?
  • Es cerveza con Fanta naranja. Para el calor es mano de Santo.

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

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