ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Una cerveza, por favor. XXII Certamen literario Café Compás Una cerveza, por favor., Daniel Carrascal Platero

           

Bronco

Fernando LERA RODRÍGUEZ

 

El sol resplandecía afuera cuando Bronco se detuvo frente a la puerta. Se despidió del funcionario sin decir una palabra y agarró la mochila donde cargaba con sus contadas posesiones. Nadie lo esperaba, sabía que en dos horas pasaría un autobús y no podía permitirse un taxi, así que se sentó en el suelo y apoyó la espalda en la pared. La libertad podía esperar.

Así era Bronco Villar, un tipo frío, taciturno, a veces mal encarado; una cáscara vacía, según su psiquiatra, el mismo que no firmó ni un informe favorable a su condicional. Con dieciocho años lo encerraron por la violación y el asesinato de su vecina. Aunque se declaró inocente, había tantas pruebas contra él que ningún jurado del mundo lo hubiese dejado libre. Su madre trabajaba aquella noche en la estación de autobuses y Bronco aprovechó para verse con su amigo Gato en casa. Bebieron, fumaron, tomaron pastillas y después quisieron seguir la fiesta con la vecina, suerte que la niña estaba con los abuelos. A Bronco le abrió la puerta, lo conocía, por eso no estaba forzada. Pasaron los dos y se desencadenó la tragedia, ella se resistió y la estrangularon. Gato huyó (un año después apareció muerto por sobredosis) y Bronco cruzó el rellano para dormir la mona en su cama. Las huellas encontradas en la casa coincidían con las de la ficha policial de Bronco, las pisadas encajaban con el dibujo de sus botas y su cinturón blanco de kárate estaba en el cuello de ella. ,Grosso modo, ese fue el relato de los hechos que ofreció el fiscal, uno sencillo y creíble. De nada sirvió que Bronco declarase haber tenido relaciones consentidas con ella el día anterior, que a veces hacía chapuzas en su casa o que negase unos hechos que en realidad no recordaba.

Cuando Bronco entró en la cárcel ya era un muchacho aviejado y solitario. Abandonados por su padrastro, su madre y él malvivían en un piso sin ventanas en un bloque a las afueras. Ella había trabajado en un prostíbulo, pero cuando se hizo demasiado mayor pasó a limpiar retretes. Con eso y algunas chapuzas que hacía Bronco iban tirando. Pero algo no iba bien en su cabeza, las palizas cuando era niño de su padrastro, las peleas en el barrio, el abandono del colegio, las drogas y una sexualidad turbia trazaron una personalidad errática. Había conocido el sexo pero no el amor, la cocaína pero no la aspirina; sin recuerdos gratos, sin expectativas. Así entró en prisión, carne de cañón para asesinos y funcionarios corruptos. Treinta años después, el psiquiatra dejó firmado: «Ha cumplido su condena, no se le puede retener, pero corremos el peligro de que delinca ya en la misma puerta de la cárcel».

No lo hizo. El autobús le mostró un paisaje feo, arrasado por el verano y sin un solo árbol. Después se sucedieron las ciudades dormitorio, los barrios periféricos y el centro de la ciudad. Ni siquiera se dio el respiro de tomar un helado, de dar un paseo y saborear la libertad recién alcanzada, fue directamente en metro al centro de asistencia social que le habían asignado. Lo atendió una mujer que le puso al día con sus derechos y obligaciones, la primera mujer que veía en años, las mujeres habían cambiado. Hasta que le asignasen un piso de alquiler y un trabajo, podría residir en el albergue municipal un máximo de seis meses. A los 15 días le avisaron de que disponía ya de un apartamento en las afueras y un trabajo muy cerca en un bar. También el mundo había cambiado.

El barrio miraba a un vertedero de neumáticos. La casa le pareció demasiado grande y decidió establecerse en el salón, la estancia más luminosa con vistas a un parque con extraños columpios. Descolgó un espejo en el que no se había reconocido del todo y colgó la acuarela de su celda que había pintado años atrás. Como siempre hacía en la cárcel, al acostarse trató de inducir un duermevela en donde escarbaba en el subconsciente en busca de respuestas, otra vez sin éxito, otra vez Gato en la nebulosa moviendo los labios sin decir palabra. Casi no pegó ojo en toda la noche, y recordó que había olvidado su diario y las cartas de su madre bajo el colchón de la celda.

A la mañana siguiente llegó puntual al bar, se presentó y el dueño le dijo: «Aquí se te juzgará por tus hechos presentes. Solo te pido que no me robes nada ni digas quién eres a la clientela». Bronco contestó: «A mi se me condenó por asesinato y violación, no por robo. Y no se preocupe, no se lo diré a nadie jamás». Parecía que había habido un error, el dueño palideció, ya pensaba en llamar a asistencia social, pero la sinceridad de aquel hombre y las manos de niño que tenía, incapaces de hacer nada malo, lo empujaron a darle una oportunidad.

Pasaron algunos meses. Una vez superadas las primeras semanas de desconfianza, incertidumbre y aprendizaje, Bronco comenzó a disfrutar de la libertad por primera vez en su vida, incluida la que pasó libre. La protección que le ofrecía la barra respecto del resto del mundo lo mantenía tranquilo, como si pudiera verlo desde la seguridad de su celda. Era feliz a escondidas con las vicisitudes cotidianas que le explicaban el presente: las partidas de mus, estudiantes los viernes tarde, hombres y mujeres que venían sedientos del gimnasio, parejas que rompían, amores que comenzaban, muchachas solitarias que escribían poemas, funcionarios blanquecinos, pequeños tratos secretos, miradas furtivas, gente deslizando pantallas sin decir palabra, la pareja de policía, un corto que se rodó, la televisión vespertina y la radio matinal; pero también fue construyendo un relato del pasado con los periódicos viejos que encontraba en el almacén, las revistas que envolvían cosas inservibles o las historias que contaban los viejos de cartón piedra que pasaban todo el día en el bar, vidas que él vivía ahora para rellenar sus espacios vacíos.

Le apodaron con cierta gracia «el pescador», por lo bien que tiraba la caña con esas manitas inverosímiles: «¡Pescador, ponte una doble!». «¡Bronco, otra ronda!». «¡Pesca, una caña!». Había que desperdiciar la cerveza precisa para conseguir la espuma adecuada, había que echar a perder unos años en la vida para alcanzar una digna. Una vez, estando los dos a solas, el jefe abrió dos botellines y le dijo: «Te importará un carajo, pero yo creo que eres inocente, o al menos que ya eres inocente. Espero que eso al menos te sirva de algo... Qué te pasa, ¿no bebes?». Bronco se quedó mirando a la cerveza, dubitativo, y dijo: «No, jefe, es que nunca la he probado». Le supo amarga, luego dulce, después le hizo cosquillas, eructó suavemente y se puso a llorar como un niño, como lo que a lo mejor era todavía. Sintió el peso de los años de repente, fue consciente de quién era, pudo pasar página.

Una mañana entró en el bar una mujer muy hermosa, de pelo negro y mirada azul glaciar. Pidió un café y se acomodó en al barra. A veces apartaba la vista del periódico para mirar a Bronco con curiosidad, y comprobaba que era un tipo alto, fuerte, atractivo en sus cincuenta, la cárcel no lo había destruido. Él se acercó a pasar la bayeta sin necesidad, pudo oler su perfume y ver los labios desnudos, acaso intuir unos pechos de gominola, y una ráfaga de deseo le recorrió el cuerpo hasta que le temblaron los pies. Ella le preguntó si era Bronco Villar, el famoso pescador que servía tan bien las cañas. «Sí, soy yo», contestó orgulloso y excitado. La mujer sacó un revólver y le disparó justo entre los ojos. Las demás balas no hubieran sido necesarias. Bronco se tambaleó, se aferró al grifo y lo accionó sin querer; la cerveza comenzó a fluir, desperdiciándose al desagüe, a las cloacas. «Esto por mi madre», musitó la mujer. Dejó unas monedas y salió. El chirriar urgente de los neumáticos en el asfalto llegó nítido al bar en completo silencio, donde la cerveza y la sangre seguían manando sin control.

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

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