ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Una cerveza, por favor. XXII Certamen literario Café Compás Una cerveza, por favor., Daniel Carrascal Platero

           

Biondetta

María DOMÍNGUEZ DE PAZ

 

Después del pesado trayecto de ciento siete millas desde Lacon, Illinois, el viejo Jack llegó al 4802 North Broadway de Chicago más muerto que vivo. Sacó de su bolsillo un pañuelo con el que secó rostro, cabeza y cuello y maldijo haber elegido precisamente ese día la camisa de franela. Luego apoyó la maleta en el suelo y tiró muy lentamente de las cuerdas que la reforzaban hasta asegurarse de que quedaba en posición horizontal, sin posibilidad de vencerse ni de malograr su contenido. Releyó entonces la dirección borrosa en el papel húmedo y blando que guardaba en la otra mano para cerciorarse de que ese era el lugar que buscaba. Probablemente por la noche tuviera otro aspecto, pero desde luego a aquella hora de la mañana el cartel del Green Mill cocktail Lounge no le parecía tan diferente al del pequeño bar de Lacon, aun sabiendo que el negocio de ambos no era tratado del mismo modo. Desde que la Ley Seca entró en vigor, las pequeñas tabernas de pueblos en todo el país no habían tenido más remedio que acatarla con un margen de picaresca muy limitado, ya que el control de los agentes federales tenía mayor facilidad en terrenos rurales. Jack chasqueó la lengua, nada le había ido bien desde entonces. Durante muchos años había mantenido con gran esfuerzo unos acres de plantación de lúpulo; no muchos, pero suficientes para un pequeño número de compradores fijos que pagaban bien el trabajo duro. Sin embargo, después de la prohibición, algunos dijeron que no querían riesgos y que preferían cambiar su negocio cervecero por otro con menos sobresaltos. Jack contemplaba de año en año —igual que si se tratase de la cuenta atrás en un ábaco vegetal— cómo el enrejado de lúpulo reducía cada vez más el número de hileras. Mucha gente tuvo que buscarse la vida en las ciudades. Mientras que en Lacon la única cerveza permitida era la de contenido mínimo en alcohol, con un sabor a levadura más propio de una cueva de murciélagos, en las ciudades como Chicago el alcohol y la integridad de la policía se escurrían por las rendijas de las alcantarillas a cambio de tratos con las bandas. Escupió al suelo, a pesar de tener la boca seca, se enjugó de nuevo el sudor y volvió a mirar el cartel verde. Maldito aquel republicano como se llamase y su prohibición, por él estaba ahora frente a un club del que no sabía si saldría vivo.

Tomó la maleta, pesada como una vida entera, y se dirigió hacia la entrada del Green Mill. Antes de llamar, dedicó un instante a observar la imagen que le devolvía el cristal ahumado de la puerta. Vio un hombre mayor, demasiado para que nadie creyera que pudiese cometer alguna locura; un anciano campesino de bigote blanco desgastado, con gesto huesudo y piel de pergamino, un hombrecillo cuya complexión menuda contrastaba de manera desproporcionada con el volumen de la maleta; tanto que parecía que, en vez de llevarla de la mano, hubiera sido ella quien lo hubiese arrastrado a la deriva. En parte, así era.

Se quitó el sombrero, alisó con las manos los dos mechones alambrados por detrás de las orejas, tomó aire y tocó suavemente con los nudillos tres veces. Le pareció escuchar un sonido metálico de lamas en las persianas del piso superior, pero no se atrevió a levantar la cabeza. Esperó unos instantes antes de volver a golpear la puerta. Entonces distinguió pasos de bajada en una escalera. Se acercaron despacio y se pararon al otro lado. Una pequeña ventana se abrió a la altura de los ojos:

—Parece un día estupendo —dijo una voz de hombre.

El viejo Jack esperaba algo así. Cuando preparaba su viaje en Lacon y repasaba los detalles, pensaba qué haría cuando le formulasen la pregunta clave para el acceso y él no supiera la contraseña. Si todo fuera mal, bastaría con despertar la mínima sospecha para no tener una segunda oportunidad. Sin embargo, Jack no había hecho un viaje tan largo para no conseguir que le abrieran las puertas de par en par:

—Me gustaría hablar con su jefe, solo serán unos minutos —logró articular—. Dígale que soy el padre de Norma Lee y que traigo algo para él —añadió sin dejar de sostener la mirada oscura del pequeño rectángulo. Las piernas le temblaban.

Los ojos negros del portero recorrieron la pequeña figura de aquel hombre de arriba abajo. Si algo le había enseñado trabajar en el negocio era que, por norma general, había que desconfiar de todo y de todos. Cualquier cucaracha —entiéndase por ello un agente difícil de sobornar o miembros dobles de otras bandas, fundamentalmente— podría colarse por la rendija más inesperada si se bajaba la guardia. Pero qué demonios, aquel viejo tenía demasiados años para ser ninguna de las dos cosas y parecía que iba a caerse con un soplo de aire de no ser por esa maleta que le anclaba al suelo. Además, había nombrado a Norma Lee. Él también la recordaba. Era una chica bonita, lo era. Con un cuerpo de escándalo, vaya si lo tenía. El jefe se encaprichó de ella y no era para menos. Norma Lee se paseaba coqueta por la sala con la bandeja de los cigarros colgada del cuello, moviendo con gracia las caderas a son de jazz. Cada vez que se inclinaba para dar fuego, los clientes babeaban con la pequeña amapola que prendía en la uve de su escote. Mi flor preferida, decía, mirando a los ojos de los hombres más duros y soplando el fósforo con un silbido que alargaba de manera provocativa. Qué muchacha, lástima que aquella noche fatal hubiera estado donde no debía. Un chivatazo a tiempo llevó al jefe a escaparse por una de las trampillas del bar que daban al complejo entramado de pasadizos subterráneos. Sin embargo, no se llevó a Norma Lee, pudiendo haberlo hecho. Quienes venían con la orden de acribillar al jefe, al no encontrarle, decidieron que no se iban sin sangre y vaciaron los tambores de sus Thompson automáticas sobre todo aquello que se moviera. La amapola de Norma Lee quedó flotando en un charco de sangre en la noche más negra del Green Mill.

—Es temprano, abuelo, el jefe no llegará hasta el atardecer —mintió broncamente—. Pero puedes dejarme lo que quieras para él, yo se lo haré llegar.

Abrió la puerta. Al viejo Jack le sacudió una estela de tabaco frío y humedad, pero sobre todo, un hedor coagulado. Arrastró la maleta:

—Verá —dijo, mientras la desencordaba y sacaba un botellín de cerveza de tenue color rojizo—, le parecerá una tontería, pero bueno, es difícil para un padre perder el rastro de sus hijos y yo ya tengo pocos rastros que seguir. Désela a su jefe, por favor —prosiguió—, he mezclado las flores del lúpulo de mi cosecha con semillas de amapola. Ya conocerá usted lo que eran esas flores para Norma Lee, decía que le recordaban a Lacon, que la acercaban a casa. Por eso siempre procuraba llevar alguna consigo. Sé que esta cerveza será especial para él—añadió—: tiene el sabor de mi niña.

Jack, una vez que soltó su discurso, alargó el brazo con la cerveza y tragó saliva. El portero, casi de un solo movimiento y sin retirarle la mirada larga y silenciosa, tomó el botellín en la mano y empujó con el pie la maleta puerta adentro.

—Lo haré —dijo con apatía —. Ah, buena chica su hija, abuelo. Y guapa. Pero que muy guapa —añadió guiñando un ojo.

Apenas se cerró la puerta, la silueta del jefe, que había estado presente en toda la conversación desde la semioscuridad, hizo al portero un gesto rápido con la mano, dándole a entender que le entregase ese botellín inmediatamente. No le importó la temperatura, al contrario, parecía querer saborearla caliente. Lo abrió con avidez y se lo llevó a los labios. Aunque tenía los ojos cerrados, pudo verla al probar el primer sorbo de aquella cerveza. Ese viejo loco tenía razón. Era ella, su rubia, la bionda Norma Lee vertida en su boca, chispeante en justa medida, ligeramente tostada por el aire del campo, con la boca pintada de rojo y un gracioso lunar junto a la comisura. Era hasta su voz, el cuerpo torneado, la mirada sensual, el largo silbido y sobre todo, el rojo de su amapola.

Santa Madonna! Biondetta, cara mia, come… come è possibile questo? — exclamó, dejándose caer exánime.

Mientras, el viejo Jack se alejaba calle abajo con una sonrisa desdentada. Al pasar por el almacén de la esquina, cayó en la cuenta de que en Lacon se había quedado sin matarratas.

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

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