ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Otra forma de ver, XXI Certamen literario Café Compás Otra forma de ver, Daniel Carrascal Platero

           

Los sonidos de la noche

Manuel POVEDANO BRUQUE

 

Al caer la noche el aroma de los jazmines se imponía al irrespirable olor a polvo de los escombros removidos durante el día. Zahed se acurrucaba en uno de los tragaluces de las bóvedas de piedra de la bodega y asomaba su naricita al patio buscando en el aire las sutiles partículas volátiles de las flores, que penetraban por sus fosas nasales y estallaban en su memoria reconstruyendo recuerdos perdidos en los abrazos mortales de la guerra. Podía ver perfectamente a su madre sentada en la fuente entre el rumor del agua, mientras lo observaba jugar con una pelota. A los destellos del sol al romperse sobre el líquido cristalino se sumó el fogonazo del misil amigo al caer sobre la casa vecina, haciéndola saltar por los aires provocando una lluvia de piedras bicolores que los sumió en una absoluta oscuridad. Dicha oscuridad acompañaría al pequeño durante toda su vida.

En el barrio de Al Jdaideh apenas quedaban un puñado de casas en pie, el resto eran un cúmulo de ruinas que ocultaban bajos sus cascotes bellezas arquitectónicas de más de seiscientos años de historia. Una de esas excepciones era el hogar de Zahed, una hermosa casa señorial que milagrosamente sobrevivía a los continuos bombardeos envuelta en un manto de madreselva, prodigio de resistencia ante la escasez de agua y el total abandono.

Ya hacía dos años que su padre lo custodiaba, como único tesoro que le quedaba, en aquel lúgubre sótano del que no se atrevían a salir. Zahed era inexistente ante la posibilidad de convertirse en un arma mortífera en manos de los rebeldes, al igual que ocurrió con el resto de los niños del barrio.

Los días se hacían interminables. Con el sol de la mañana se iniciaba una relativa tranquilidad coincidiendo con las horas de la tregua, aprovechadas para la búsqueda de los alimentos que calmasen los infaustos estómagos, o de alfarjes policromados, alacenas centenarias y celosías hermosamente labradas que alimentasen las hogueras de aquellas almas atrapadas en el olvido. Al llegar la noche su padre se acurrucaba junto al fuego y se abandonaba al sueño, acostumbrado al estruendo de morteros y artillería que nunca duermen, con la esperanza de que si les estallara una bomba la muerte les sorprendiera en los plácidos dominios de Hipnos.

Zahed no lograba acostumbrarse a los aullidos de las armas, los percibía con una intensidad inusual y desconocida para los videntes. Las balas que silbaban a cientos de metros las sentía a solo unos centímetros de su piel. Pero no tenía miedo, sabía que las tinieblas eran sus aliadas. Era el momento de escapar y jugar con sus amigos, con los huérfanos de la guerra. Se escabullía del ultramundo para emerger y perderse por las calles de la ciudad. Su discapacidad no suponía un obstáculo.

Su mundo no era un lugar de oscuridad, sino de colores maravillosos, de sonidos imperceptibles, de múltiples aromas, de sabores únicos y de formas infinitas, construido gracias al poder de sus recuerdos y a la agudeza de sus otros sentidos. Escuchaba los sonidos de la noche: la llamada a la oración, el rechinar de los gatillos de los francotiradores agazapados en las azoteas, los ladrones saqueando la memoria de los difuntos, los gemidos del deseo ahogados por el miedo y muy lejos, varias manzanas más allá, el alboroto de los niños que reclamaban su presencia.

Zahed tenía grabada en su mente la ciudad devastada. Corría por sus calles como si tuviese alas en los tobillos. Volaba por encima de los sacos de arena que bloqueaban el paso a las callejuelas y esquivaba los puestos de guardia como si fuera invisible. No necesitaba sus ojos para ser libre en una ciudad presa del horror y la muerte. Se movía con gran agilidad donde los demás solo se arrastraban a tientas para no ser atravesados por alguna hermosa reja convertida en chatarra.

En pocos minutos llegaba a la pequeña mezquita de Al-Sharaf, o al menos a lo que quedaba de ella. Ahmad, Samir, Houda y muchos más le esperaban ocultos tras las columnas derribadas para sorprenderle. Zahed pisaba la bóveda celeste reflejada en el suelo de haram, siguiendo un camino de estrellas invisible que le orientaba en la noche hasta su destino. Este era su refugio, donde podía ser niño entre los niños, donde podía gritar sin ser silenciado y donde no era tratado como un tullido.

Así pasaba las noches, dichoso entre el júbilo de las risas infantiles, ajeno a la locura y la sinrazón de los adultos, libre de las ataduras del terror. Durante unas horas no sentía el hambre ni el frío, olvidaba las ausencias y no echaba de menos las caricias.

Avanzada la madrugada, antes de las luces del alba, salía a la calle y se enfrentaba de nuevo a las calles desiertas. Deshacía el camino aprendido tentando a la suerte a la que tanto debía, atravesando un paisaje de aspecto lunar que no podía ver pero que intuía bajo sus pies. En cierta manera le consolaba no ver la desolación a su alrededor, ya era suficiente para un niño soportar a diario los permanentes gritos de sufrimiento de aquellos que lo habían perdido todo. Él era un afortunado, aún le quedaban su padre y sus amigos.

Esa noche se entretuvo más de la cuenta. Los sillares de piedra del patio refulgían como el oro con los primeros rayos de la mañana mientras Zahed deslizaba su cuerpo enjuto por el tragaluz del sótano. Temía llegar demasiado tarde y que sus travesuras le costaran sus salidas nocturnas. Sin embargo, afortunadamente, su padre seguía hecho un ovillo junto a los rescoldos, ausente a sus hazañas, inmerso en maravillosos sueños que se desvanecerían al despertar a las pesadillas de la realidad. Esa mañana se tendió junto a él, quería sentir el calor de su cuerpo antes de que se marchara a mendigar ayuda humanitaria y a rebuscar entre los escombros. Tal vez esa fuese la última vez que lo abrazara, la tregua era tan frágil como sus vidas y la muerte acechaba tras el olvido de las buenas intenciones.

Zahed durmió casi todo el día. “Mientras duerma no sentirá hambre” -pensó su padre-, Así que lo dejó descansar hasta la hora de la cena. Tomaron algo al calor del fuego sin apenas cruzar una palabra y al terminar se envolvieron en un par de mantas viejas mirándose los rostros a través del parpadeo de las llamas. Cuando Zahed escuchó los ronquidos supo que era el momento de ir al encuentro de sus amigos.

Apenas había salido de casa cuando una refriega cercana despertó a su padre. Alarmado por la ausencia de su hijo se asomó al patio y lo vio salir a la calle. Por un momento dudó que fuera él por la destreza con la que se movía entre los muros derruidos que, como un manto de destrucción, cubrían los adoquines de las calles. Pero sí, era su pequeño aquel diminuto cuerpo que se perdía veloz en la negrura del callejón.

Sus largas piernas de adulto no alcanzaban a seguirle el paso. Zahed saltaba los obstáculos que encontraba en su camino como si supiese al milímetro donde se encontraban, trepaba tapias y reptaba bajo quicios por los que asomaban las bocas de los fusiles. Fueron unos minutos interminables, sobre todo por el miedo a perder a Zahed por culpa de una bala perdida o por la caída en uno de los muchos cráteres abiertos por el fuego de mortero en el corazón de Al Jdaideh. Sin embargo el chico sabía muy bien lo que hacía, había recorrido ese camino cientos de veces y consiguío llegar de una pieza hasta las ruinas de Al-Sharaf.

Desde el arco apuntado de la entrada se detuvo a observar a su hijo. El chico corría alegre de un lado a otro, reía, se encaramaba sobre los restos de la cúpula desparramados por el suelo y no dejaba de hablar al vacío, a seres imaginarios que compartían su diversión. Hacía mucho tiempo que no le veía sonreír de aquella manera; en realidad, hacía años que no veía a su pequeño jugar.

Sus ojos, secos de haber derramado tantas lágrimas, se humedecieron de nuevo. No entendía que ocurría, pero no importaba. Zahed desprendía felicidad y su enfado inicial se disipó ante aquella visión de júbilo.

En ese instante ambos levantaron el rostro hacia un rugido de aviones en el cielo. Zahed no los podía ver, pero decenas de puntos luminosos surgían de la oscuridad dejando hermosas estelas de luz como las estrellas en la noche de San Lorenzo. Su padre corrió hacia él gritándole: “¡Zahed échate al suelo!” Les separaban apenas unos metros, pero entre ellos pareció interponerse la eternidad. El chico se quedó paralizado en el corazón de la solitaria mezquita y se volvió hacia su padre mirándole con las cuencas de los ojos vacías. Al instante una cegadora claridad los envolvió.

Seguía de pie en el mismo sitio cuando regresó la oscuridad. A su alrededor, estaban sus amigos, los niños con los que jugaba cada noche. Por fín podía ver a los traviesos Ahmad y Samir, a la dulce Houda, a Mohamed, a Hala y a todos los demás. Sus caritas resplandecían y estaban ansiosos por retomar sus juegos. Sin embargo Zahed buscaba, con su nuevos ojos, entre los recovecos de las ruinas a su padre. Pero no lo veía por ningún sitio.

Houda se le acercó, le tomó la mano y le dijo con ternura: “No está aquí Zahed, pero estamos nosotros”. El niño pareció entender que ahora ese era su lugar. Se dejó llevar por sus amigos y se despreocupó de volver a casa. Ya no tendría que correr para que no le alcanzara el amanecer.

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

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