ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Otra forma de ver, XXI Certamen literario Café Compás Otra forma de ver, Daniel Carrascal Platero

           

Una luz sobre el acantilado

Javier CASADO ALONSO

 

Aquella mañana tomé por fin la decisión. Me colgué al cuello mi “Canon”, y pedí un taxi por teléfono. Cuando desvelé mi destino al taxista se extraño tanto como lo hubiera hecho yo en su misma situación. ¿Qué podía hacer un ciego sin compañía en los acantilados de Bellavista?

Al llegar se empeñó en acompañarme un trecho a lo que me negué de un modo bastante grosero. Le di buena propina por su silencio, y con el bastón y mis recuerdos me encaminé por aquel sendero que debía conducirme al lugar más bello jamás captado por mis retinas. Torpemente fui desmenuzando los metros que me separaban del paraje. Me tropecé varias veces, caí sobre unos matorrales, me arañé y me retorcí un tobillo en la zona más pedregosa, pero el amable rumor del mar me guió cual faro centenario hasta el mirador. Allí me acomodé a tientas en mi inmutable sitial, aquel que lucía en su cara oeste, con letras de un rojo indeleble, mi declaración a Lidia. En aquella roca porosa nos habíamos prometido amor eterno. ¡Cuánto tiempo! ¡Qué diferente era todo! No le reprochaba su miedo a vivir con un amargado, un frustrado, un inadaptado... ¿Qué había sido de aquel fotógrafo admirado por todos? Recordaba con agudo dolor las excelsas crónicas, las almibaradas loas, los elogios y los panegíricos sobre su labor y trayectoria: “El fotógrafo de lo desconocido”, “Sus ojos son capaces de captar luz dónde no existe”, “Su talento descubre bellezas recónditas”, “Su genio reviste de fulgor la negrura...”

Ahora levanto mi cerviz hacia el horizonte y me alimento con imágenes del pasado: aquel cielo azul cobalto virando hacia el añil para adquirir luego las tonalidades especulares del marino, los majestuosos cormoranes amerizando sobre el agua, la esbelta figura de los veleros surcando la bahía, la estela espumosa del carguero al entrar en el puerto; los surfistas aguardando, pacientes, sobre su la tabla, la ola del éxito... Y el éxito fue el condimento de mi vida, el código genético, mi aposento, mi meta y mi respirar...

No podía contener las lágrimas al sentir la terrible impotencia que resquebrajaba mi interior. Una bacteria... Algo tan diminuto, tan simple, tan insignificante, pero tan destructivo, capaz de acabar con mis nervios ópticos y de crear un manto sobre mis iris tan espeso como la propia muerte. Y era ella a la que clamaba, como eficaz liberadora y piadosa sanadora. ¿Qué mejor lugar de encuentro que aquellos farallones arcillosos de colores tan variados?

Accionaba compulsivamente el disparador de mi máquina mientras pensaba de qué modo y cuándo me dejaría atrapar por aquella curandera tan gélida y desabrida. El chasquido de la cortinilla me impidió apreciar que alguien se acercaba a mi escondrijo. Enseguida noté la presencia de un perro que restregaba su lengua en mi mano. Emití un quejido de protesta.

- Perdón, es muy meloso -dijo una dulce voz de mujer.

- No me molesta. Sólo me ha sobresaltado por lo inesperado -le respondí con timidez.

- Me dice, por favor, dónde me puedo sentar un ratito? Estoy cansada y... No veo.

Mis cabellos se erizaron al escuchar aquellas palabras y percibir después el entrechocar del bastón contra las piedras. Enseguida colegí que el lametón había sido de su lazarillo. Alargué mi brazo y palpé mi derredor con angustia. ¿Cómo podría yo ayudarla?, pensé azorado.

- Dé un par de pasos, pero cortos, por favor. -Me atreví a aconsejarle.

Luego extendí de nuevo mi mano y rocé con mis dedos la suave piel de su pierna desnuda.

- Agarre mi mano, le hago un sitio aquí -le sugerí al tiempo que para mis adentros maldecía la inoportunidad de su visita. “Bueno, un poco de charla antes de...”, me dije.

- Me llamo Lucía y como ve soy ciega -me aclaró con su delicada voz mientras se acomodaba junto a mí. Al hacerlo se golpeó con mi cámara. -Veo que usted es fotógrafo. Antes me pareció oír unos clics y bueno ahora... ¡Qué envidia! Si yo pudiera captar la belleza que nos rodea...

Un silencio demoledor fue mi cruel respuesta.

- Bueno, quizás le esté molestando, perdone. -se disculpó al notar mi extraña reacción.

- No, no es eso, es que tenía necesidad de estar un rato solo -le respondí un poco avergonzado.

Pensaba, fastidiado, en el largo tiempo que llevaba preparando al detalle aquel día que debía ser el de mi liberación, el del último fogonazo del flash, el de mi definitivo encuadre; y ahora aquella mujer ciega y su perro me impedían llevarlo a término. Burlas del destino...

- Sí, le entiendo. Me imagino la vita tan ajetreada que lleva y los escasos momentos íntimos de los que disfruta. Un fotógrafo de prensa o un freelance de esos que van constantemente con la cámara en mano, organizando exposiciones, experimentando con la luz...

De súbito la dejé de escuchar. Sabía que seguía hablando, preguntando, queriendo entablar una conversación de personas adultas y educadas pero yo lo único que oía con nitidez era el rugido del mar, su golpeo furioso contra las rocas, y me imaginaba a mí mismo mecido como un pelele entre las aguas, rodeado por los fornidos brazos del gran Poseidón, que me desmembraba sin prisa, aceptando mi exvoto.

- ¿Es usted ciega de nacimiento? -osé farfullar interrumpiendo su incesante verborrea.

- Sí, jamás conocí la luz tal y como la disfrutan ustedes. Nací a oscuras y moriré también así.

- ¿Cómo puede alguien sobrevivir sin deleitarse con la espléndida luz del sol, con los paisajes de nuestro entorno, con los bellos rostros? ¿Cómo se puede subsistir sin apreciar una buena película o un hermoso espectáculo de pirotecnia? ¿Cómo alguien pude valerse entre tanto coche, bordillos, aceras levantadas, carreteras laberínticas, socavones de interminables obras, escaleras, badenes, resaltes, tantos y tantos obstáculos cada día?

- Gracias a mi bastón y a mi inseparable Lassie. La belleza no sólo se puede captar a través de la mirada. Nosotros, los ciegos, desarrollamos al máximo el resto de los sentidos. Podemos gozar de una cara hermosa con las yemas de los dedos, podemos regocijarnos con un paisaje por la armonía de sus ecos, podemos recrearnos con un espléndido día soleado dejándonos acariciar por sus rayos, podemos paladear la naturaleza circundante inspirando los cientos de aromas y perfumes que emanan de la tierra y los seres que la habitan.

- Sí, pero no podrían nunca hacer una fotografía -le interrumpí burdamente.

- Si fuera capaz de permanecer con los ojos cerrados un rato le enseñaría a encuadrar sin visor, a regular el diafragma basándote en la intensidad de la luz solar. Hacemos una prueba, si quiere.

- ¿Cómo? -respondí sorprendido por su descabellada proposición. -Y.. Tutéame, por favor.

- Espera. Déjame la cámara y te planificaré una bonita postal.

- Eso es imposible. No sabrás nunca si está fuera de foco o si el encuadre queda o no inclinado, y si...

- Vale. Mejor inténtalo tú. Mira al frente, coloca la cámara a la altura de tu rostro, con los ojos cerrados. No vale hacer trampas. Después déjate llevar por los graznidos de las gaviotas, por la brisa que te envuelve, por el rumor de las olas, por la tierna caricia del sol, por el olor a espliego y yodo. Prueba, anda, vamos.

No sabía muy bien por qué estaba atendiendo embobado a aquella mujer, por qué me tenía encantado como el faquir a su serpiente Sólo obedecía a mi cerebro que me ordenaba seguir sus indicaciones sin rechistar, sujetar con fuerza mi Canon y enfocar al infinito para lograr la imagen más hermosa. Buscaba el plano único, sublime, el definitivo, el momento en que la cortinilla del obturador actuara en el instante justo en el que la esencia de la BELLEZA quedara congelada en mi máquina. Iba a la caza de un paisaje sin parangón, de mi última fotografía...

Al tiempo que la escuchaba pensaba desde lo más recóndito de mi atormentado interior que la haría caso, que era la mejor manera de despedirme de mi cámara. Luego la diré que necesito estar sólo, y entonces me uniré a ese encuadre perfecto, a la postrera imagen sin emulsionar. Sí, me decía, me imbricaré con el mar y el cielo azul, me fundiré como Ícaro con el sol, me uniré al vuelo de las aves de la ribera. Y al terminar mi razonamiento me percaté que siguiendo una mágica orden, atendía a la brisa que rulaba de costado, al cálido rayo que bronceaba mi rostro. Sin darme cuenta apreté el disparador y el clic me sobresaltó. Sentí una inusitada sensación de gozo y triunfo. Aquella no era mi última fotografía sino la primera de un nuevo reportaje, repleto de fotos henchidas de vida, sin efectos ni trucajes, decoradas con esos elementos que te mantienen unido al cordón umbilical de tu propia esencia.

- Reí espontáneamente y me avergoncé de ello.

- Me gusta tu risa -me confió Lucía, mientras con su dedo índice enjugaba una lágrima perdida en mi faz.

- Y a mi me gusta la vida -le repliqué inspirado con fuerza el olor de la mañana.

- Calienta demasiado, ¿nos vamos a la alameda? ¿Conozco un rincón precioso. Allí se aparean los estorninos y no veas que jaleo montan.

- Sí, nos vamos -le deje sin fisuras, asiendo mi bastón. -Otro día seguiremos con las fotos, pero en otro lugar menos peligroso. Aquí nos podemos caer. ¿Puedo agarrarme a ti?

- Por qué? ¿Estás impedido por alguna lesión?

- No, que va. Me siento más capaz que nunca. Sólo quiero aprehender tu sabiduría, tu aroma. Reconocer tu rostro con mi mano. Sólo deseo eso, sentirme vivo a tu lado.

Después, el repiqueteo coral de nuestros bastones se fundió con el murmullo del mar...

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

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