ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Don Juan y Doña Inés, dos siglos después, XX Certamen literario Café Compás

           

Agnes 83505

Rocío DE JUAN ROMERO

 

Muy de tarde en tarde, a la mesa de Moscato llegaba un expediente como el de Agnes González. Dejaba entonces reposar una mano extendida sobre la calva y, de la mano libre, usaba el dedo índice para taponarse el oído correspondiente, con frecuencia el derecho. Era su postura favorita para reflexionar. Cuando veían al comisario en tan simiesca pose, en la comisaría estaban advertidos de no interrumpirle bajo pena de cadena perpetua.

Veinte minutos después, Moscato relajó el gesto y volvió a leer los papeles. El suspiro de los compañeros alrededor fue casi audible.

–Necesito «audiencia» con Jon Diéguez. Estaré allí en una hora.

Levantó su corpachón del asiento y descolgó el abrigo del perchero. Echó un vistazo en derredor, pero nadie levantaba la cabeza. Emitió un gruñido y salió por la puerta.

Agnes González. Reclusa de la penitenciaría de mujeres de Aranjuez. Fallecimiento por consunción siete días atrás, el 20 de febrero de 2017. Según un testimonio de su compañera de celda: «Ya no tenía ganas de vivir». Aunque era joven, apenas veinticuatro años, sus progenitores ya no vivían. No estaba casada ni tenía hijos. Cumplía condena por parricidio consentido.

Lo que había fascinado a Moscato del caso es que alguien afirmaba haber hablado con Agnes tres días atrás, el 24 de febrero. Era su antigua pareja, Jon Diéguez, condenado a quince años por homicidio. ¿La víctima? El padre de Agnes.

El comisario siempre iba solo en el coche patrulla. Sus colegas parecían haberse acostumbrado a sus manías de italiano visceral, y le permitían esa licencia. Aparcó frente a la sede de la policía donde habían llevado el cuerpo de la joven para dilucidar las causas de su peculiar muerte, y en espera de que algún familiar lo reclamase. Los forenses y la científica habían trabajado bien; Moscato estaba admi rado del informe de autopsia, pero quería ver el cadáver.

Poco después, regresaba a su coche con el rostro descompuesto. No había duda de que la chica estaba muerta y bien muerta. Se dio unos instantes para respirar, hinchando el tórax con exageración. La barriga chocó contra el volante y tocó la bocina por accidente. Algunos viandantes le observaron con curiosidad. Maldijo los estrechos utilitarios de la policía por centésima vez e intentó echar su asiento hacia atrás antes de arrancar el coche.

Jon Diéguez, apodado El Tenorio. El alias no le venía por su éxito en los lances amatorios, sino por su prodigiosa voz de tenor. No disfrutó de instrucción musical pero solía ganarse un sobresueldo amenizando eventos. Había conocido a Agnes en la celebración que su familia organizó por la mayoría de edad. Hasta entonces, la vida de la joven había sido una sucesión de internados en el extranjero. El expediente decía que Agnes declaró haberse enamorado «sin remedio» de Jon, y que después de un año de relación secreta, cuando al fin su padre les descubrió, en el enfrentamiento que siguió, arma de fuego incluida, ella tomó partido por su amante. Sí, realmente Moscato estaba interesado por el caso.

En la prisión le habían acondicionado una sala para el interrogatorio. El recluso ya estaba esperándole. Jon no se molestó en observar la placa cuando el comisario se la mostró; apenas levantó la mirada. Moscato se fijó en que el pelo castaño del otro estaba entreverado de canas; sin embargo, en una foto reciente se le veía con un aspecto más juvenil. Jon parecía haber envejecido años en tan solo unas semanas.

–Sabes por qué estoy aquí, ¿verdad? –El comisario le tuteó sin ambages.

El hombre frente a él, movió la cabeza en un gesto afirmativo.

–Agnes falleció hace una semana y te doy el pésame. –Moscato había percibido el respingo del recluso al oír el nombre de su novia–. He venido aquí porque tú crees haberla visto después de la fecha de su muerte.

Jon alzó la vista y sus ojos le observaron con dete nimiento.

–No estoy loco. La he visto y he hablado con ella como lo hago ahora con usted.

Moscato asintió.

–Dime qué te decía Agnes.

El hombre pareció dudar unos momentos.

–Son temas personales, comisario. Ya sabe que ella era… Bueno, ya conoce nuestra relación.

–Algo habrá que puedas contarme. –Moscato se pasó una mano por la calva–. Estamos investigando la causa de su muerte. Su deterioro fue demasiado rápido, como si «quisiera» morirse, ¿me sigues? No es algo habitual.

El recluso asintió.

–Agnes estaba muy arrepentida de lo que habíamos hecho. No de habernos conocido, eso no, pero sí de haber provocado la muerte de su padre. Eso nunca debió suceder. Era una chica muy sensible. Creo que los remordimientos la consumieron.

–¿Eso te dijo?

–Sí. Y también que yo debía arrepentirme de igual modo, porque fui el que disparó el arma. Que si no, no podríamos reunirnos de nuevo.

El comisario le contempló unos momentos, intentando transmitir una serenidad que no sentía.

–Supongo que ella no te ha dejado… er… alguna prueba de su presencia.

Jon esbozó una sonrisa, la primera de toda la conversación.

–Es curioso que diga eso, comisario. Sí que lo ha hecho. Siempre que se despide, me deja un mensaje escrito: Agnes 83505.

Moscato dio por finalizado el interrogatorio y luego visitó los lugares donde Jon había tenido sus «apariciones». En la pared, en un banco de madera y en el suelo, alguien había rayado el citado mensaje. Lo más probable, el mismo preso.

Los siguientes días, entre caso y caso, intentó averiguar el significado de los números. No correspondía a fechas, no era el número de interna de Agnes, no parecía responder a ninguna secuencia numérica. Se compró un pasatiempo especializado en matemáticas y lo llevó al despacho. Con la mano extendida sobre la calva y un dedo taponando el oído, probó mentalmente todas las combinaciones posibles: la serie de Fibonacci, los kakuros, los puzles numéricos.

Se rindió. Había adelgazado cinco kilos pero su malhumor había crecido exponencialmente. Decidió tomarse dos días de permiso, y la comisaría respiró con alivio. Moscato comenzó por apagar el móvil y dormir un día entero. Cuando despertó, comenzó a preparar un baño relajante. Llenó la bañera de agua caliente y echó el único frasco de sales perfumadas que le quedaba. Su mujer se lo había olvidado, junto con las llaves del chalé en Palermo.

Pronto el vapor de agua comenzó a inundar el cuarto de baño. Encendió el móvil y fue leyendo los mensajes mientras se relajaba. Fotos de los niños esquiando. Un mensaje de su mujer pidiendo más dinero. Wasaps con ocurrencias y mensajes ñoños.

Retrocedió y volvió a mirar los wasaps. Uno había llamado su atención. Decía: «Si eres capaz de leer esto eres más inteligente…». Pero algo no cuadraba. No todo eran letras. También había números. Siguió leyendo hasta el final. Se puso una mano en la calva. Introdujo un dedo en su oído. Visualizó el mensaje que llevaba semanas persiguiéndole. Agnes 83505, Agnes BESOS. Sonrió.

–¡Eureka!

Se incorporó en la bañera y descorrió la cortina. La sonrisa se le borró de la cara al observar el espejo empañado de su lavabo, donde se podía leer con toda claridad: «Agnes 83505».

Moscato cayó desvanecido, en toda su corpulencia, fuera de la bañera.

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

Patrocinadores:





 

Colaboradores:










©2004-2016 Asociación Literaria y cultural CaféCompás   (NIF: G47507181 . Nº de Orden en el Registro de Asociaciones: 0003305, Sección Primera)

diseño estudiogotti.com