ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Don Juan y Doña Inés, dos siglos después, XX Certamen literario Café Compás

           

Premio Especial José Zorrilla

Respirar amor, aunque duela

Faustino LARA IBÁÑEZ

 

Suena el despertador. Son las siete de la mañana. Eva, con sus pies helados, me da varios toques en los míos. Es su manera de darme los buenos días. Le digo que estoy despierto, que esta noche tampoco he podido dormir. Yo tampoco, me dice ella con un hilo de voz.

–No te preocupes. Seguro que salimos de esta –le digo con una voz impostada que procuro resulte lo más creíble posible, aunque mis palabras respondan al impulso de un soñador o de un insensato; sé que tengo que intentarlo una mañana más.

Nuestra pequeña Carlota aún duerme en su cuna, tan dulce, tan angelical. Hay quienes desde nuestro entorno familiar y de amistades nos han tachado de inconscientes por traer al mundo a una criatura teniendo en cuenta nuestra frágil situación económica, consecuencia de una precaria estabilidad laboral. Sin embargo, Eva y yo estamos convencidos de haber elegido la opción que creíamos más conveniente para nuestro futuro común. Sabemos que nuestra situación es difícil, pero no imposible de superar si nos seguimos queriendo como hasta ahora.

Nos aseamos y desayunamos viendo las noticias en el televisor, albergando la secreta esperanza de que algún día dejemos de escuchar las crónicas relativas a sucesos derivados de la crisis tan aguda que vivimos y el sinnúmero de casos de corrupción que asolan nuestro país para oír decir al periodista, acompañado por los alegres sonidos de fanfarrias ceremoniosas, que los empresarios y los políticos dejan de maquillar los números, empiezan a generar empleo de verdad y a contar con profesionales del territorio nacional y que, además, para que se desarrollen en los campos para los que se formaron y no se fuguen al extranjero, piensan remunerarlos con salarios acordes con las competencias para las que están capacitados. Carlota nos saca de nuestra ensoñación y demanda nuestra presencia con su aún inarticulada e inconfundible vocecita de bebé. Acudimos a su petición de auxilio con celeridad. Mientras Eva se queda atendiéndola, yo voy metiendo en la maleta el atrezo que nos va a servir un día más para caracterizarnos como don Juan y doña Inés. Aunque siempre procuro pensar en el presente, cada vez que cojo la perilla y la peluca postiza no puedo evitar acordarme de Luis Infantes, el déspota director de la farmacéutica para la que trabajábamos Eva y yo, dos ingenieros químicos con unas carreras profesionales muy prometedoras que se vieron truncadas de repente. Sí, las vidas de dos chicos muy jóvenes aunque sobradamente preparados para comerse el mundo a dentelladas. O eso creíamos. Chicos JASP, una especie de premillennial que, gracias a los esfuerzos ímprobos de sus padres y, en especial, de sus abuelos, lo tenían todo para llevar una vida acomodada y sin grandes sobresaltos. Sin embargo, la crisis global con la que comenzó el tercer milenio, fue un ataque en toda regla contra nuestra identidad y, lo que es más doloroso de asumir, contra nuestra autoestima. La crisis encumbró a tiranos como Luis Infantes, que vio en los continuos reajustes de plantillas y en los ERE al borde de la legalidad un particular paraíso del que salir beneficiado tanto él como los de su camarilla.

–Vamos, cariño, o llegaremos tarde –me dice Eva, siempre atenta al rigor de los tiempos, a la exactitud de sus pliegues. Tiene perfectamente interiorizado que es fundamental llegar minutos antes de las once para posicionarnos en ese lugar estratégico de la Puerta del Sol en el que está convencida de que se detienen más viandantes a observar las representaciones de los artistas callejeros y, por tanto, se consigue recaudar más dinero. Yo a veces le digo que solo se trata de una intuición, que no hay ningún estudio científico que avale esa afirmación. Ella no me responde. Solo me lanza una mirada conmiserativa, como si yo no estuviera dotado de las particularidades de un sexto sentido que a ella le permite vislumbrar certidumbres que a mí se me niegan, y entonces sé que, sencillamente, tengo que acelerar el paso; por tanto, hago una última comprobación para ver que están todas las vestimentas y todos los complementos que un día más nos caracterizarán como don Juan y doña Inés en pleno centro madrileño y nos marchamos del piso de alquiler en el que vivimos desde hace dos años en el extrarradio de Madrid, después de que tuviéramos que abandonar el lujoso chalé que adquirimos, pero que nunca llegó a ser nuestro, cuando nuestras prometedoras carreras como ingenieros parecían asegurarnos un futuro halagador.

Afortunadamente, no hay ningún imprevisto que nos impida salir a los tres de casa a la misma hora de siempre y con la misma maleta repleta de trastos y las dos sillas plegables de siempre.

De camino a la guardería pública en la que dejamos a nuestra pequeña de quince meses durante todo el día, disfrutamos de su genuino repertorio de sonrisas, pedorretas y repentinos enfados. Son instantes de una belleza inalienable, mágica, pequeños momentos capaces de generar una fuerza motriz incombustible, esenciales para cargarnos de energía positiva y sobrellevar de la manera más digna posible las vicisitudes de nuestro nuevo empleo.

Un día más, subimos al vagón del metro a la misma hora de siempre entre el barullo de personas que satura el andén. Por delante tenemos media hora de trayecto hasta nuestro puesto de trabajo.

Eva y yo conseguimos abrirnos hueco entre dos tipos altos y corpulentos, trajeados, con sus gestos hieráticos, reflejos de un hartazgo inmune al desaliento, y una joven que viste pantalones y sudadera logotipados con el símbolo de la empresa hacia la que seguramente se dirige con su rostro abstraído en algún sueño que dejó incompleto y escribiendo en el móvil los primeros whatsapps del día.

–¿Estás seguro de que saldremos de esta? –me pregunta Eva con una normalidad que así, de repente, me parece descorazonadora, como si de esta manera estuviera reconociendo su fragilidad, confesando un miedo atávico que produce unas dudas razonables en su ánimo.

–Claro –intento resumir con mi respuesta lacónica toda una declaración de intenciones mientras me abraza para sentir mi cercanía, mi protección, una seguridad que a veces muestra unas flaquezas que, lejos de derrotarla, la hacen más humana y, aunque pueda parecer contradictorio, inexpugnable.

–No sé qué haría yo sin ti, mi dulce y afable don Juan. Le contesto besándola en los labios y acariciando sus mejillas sonrosadas.

Eva me sigue abrazando incluso cuando el tren se detiene y no hay ningún motivo externo para golpearse con alguien. Al reiniciar el tren su marcha, a punto estamos de perder una verticalidad que logramos mantener aferrándonos a una barra que nuestras manos encuentran al mismo tiempo.

Cuando El Corte Inglés abre sus puertas, allí estamos nosotros para acceder a los aseos y transformarnos en don Juan y doña Inés. Son unos minutos frenéticos en los que seguimos con precisión los pasos de una liturgia rigurosa que hemos desarrollado a nuestra medida.

Los últimos retoques de caracterización nos los damos en la calle Preciados, ante las miradas de incredulidad de quienes pasean por allí. Después de varios meses repitiendo estas acciones ya estamos acostumbrados a esas miradas que, bien sean de soslayo o directas, como puñales, transmiten incomprensión, ambigüedad o benevolencia, como si estas personas que no conocemos pensaran que no estamos en época de carnavales o que somos una pareja de locos estrafalarios que tratan de vivir una realidad anacrónica, absurda.

De camino a nuestra posición, a escasos metros de la figura ecuestre de Carlos III, Eva solicita la mano que llevo libre. Una mañana más, la humedad de sus dedos y la presión que involuntariamente ejerce con ellos la delatan. Sé que está nerviosa, que siente ese mismo hormigueo en la boca del estómago que cuando tenía que presentar un proyecto de una importancia vital ante un grupo de inversores japoneses y buscaba mi apoyo y aquiescencia.

Mientras Eva repasa en voz alta algunos versos que darán vida a una muy creíble doña Inés, yo acondiciono nuestro escenario revistiendo las sillas de una aterciopelada tela granate ribeteada con adornos dorados y colocando la gorra en la que los peatones, como improvisados espectadores de un teatro al aire libre, depositarán sus generosas dádivas.

A las once en punto, Eva se sienta en su silla y yo, frente a ella, arrodillado, sintiendo el contacto dulce, afable, de sus dedos con los míos, empiezo a respirar amor, aunque duela en estas condiciones, aunque en el transcurso de nuestra representación, que repetimos varias veces al día hasta que llega la hora de ir a la guardería a recoger a nuestra princesa, Eva y yo no dejamos de mirarnos con la ilusión y la esperanza puestas en un futuro mejor.

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

Patrocinadores:





 

Colaboradores:










©2004-2016 Asociación Literaria y cultural CaféCompás   (NIF: G47507181 . Nº de Orden en el Registro de Asociaciones: 0003305, Sección Primera)

diseño estudiogotti.com