ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


De quijotes y sanchos, XIX Certamen literario Café Compás

           

La formidable aventura del audaz capitán Alonso Quijano

Laura LEÓN VÁZQUEZ

 

Cabizbajo, salió Miguel con su manuscrito de la casa del impresor más prestigioso de Alcalá de Henares, don Valerio Bárcena. Empezó a caminar, a vagar, mientras farfullaba improperios contra aquel hombre que había metido tijera a diestro y siniestro en los capítulos donde se narraban las más fascinantes hazanas de su protagonista.

Y andando andando se desnortó. Sus pasos lo llevaron a una taberna con cuyo mesonero, aficionado a escribir romances para cortejar a las mozas, solía pasar horas departiendo sobre el supuesto lío de faldas de aquel dramaturgo o la factura impecable de cierto soneto.

-¡Cara de pocos amigos traes, Miguel!

-Hasta el título, Ramiro, hasta el título se ha evaporado para poner qué se yo qué tonterías de hidalgos, Manchas e ingenios.

-Hombre, doy fe de que los manchegos son avispados, leen, sobre todo en Alcalá, en Toledo, incluso en Almagro, pero tu capitán Alonso no tiene un pelo de manchego. Es de puerto de mar, huele que apesta a salitre.

-Ya no, ahora da calor leerlo.

-¿Un Quijote de tierra adentro? ¿Y la sirena Brumalinda que inventa para él esa tonada que le sirve de amuleto en las tempestades?

-Tachada como si fuera una bandida.

-¿No me dirás que ya no hay coloquio con los peces?

-Ni rastro. Ya no es capitán pirata ni un náufrago poeta ni intérprete de ballenas.

-Vete donde ese desgraciado podrido de envidia y que haga justicia a tu don Quijote.

Y volvió Miguel a la casa del impresor inepto para defender todas las peripecias del auténtico Alonso, el héroe aguerrido y excéntrico que habitaba en su cabeza desde hacía años.

Resopló Bárcena al verlo aparecer de nuevo, tan alicaído que parecía que era el manuscrito quien lo llevaba a rastras a él y no al contrario. Lo hizo entrar sin mediar palabra y ambos se dirigieron a la biblioteca para discutir lo indiscutible con más comodidad.

Miguel se sentía vencido antes del combate. Pero se enderezó orgulloso en la silla dispuesto a luchar por el auténtico Alonso que había parido su mente.

-He meditado y vuelvo para que reconsidere su convicción de aliviar mi relato. Es insostenible suprimir íntegros ciertos capítulos. Como el de la ciudad llamada Antioquía de Galicia, sumergida en las costas del Reino Galaico. En esa ocasión, mi héroe, que para mí será siempre el capitan Alonso, apodado Quijote, y que vuesa merced da en apellidar “de la Mancha”, intercede por los pobres habitantes de la localidad sumergida para que los señores del lugar no les cobren tributos que consisten en monedas de oro y piedras preciosas que se hundieron en las profundidades del océano, además de hierbas submarinas con propiedades mágicas. Gracias a la actuación del capitán Alonso, que desciende al fondo del mar vestido de buzo, todo cambia.

-¡Ah!, se refiere a ese pastiche erudito y fantasioso. Desde la primera línea del capítulo, observé que había consultado los Anales del Medioevo que, durante toda su vida, recopiló el gran sabio celta Cunqueiro, una obra magna que, como bien sabe, subtituló Paisajes borrosos de lo que nunca existió. De todos modos, hice ciertas comprobaciones para saber dónde estaba su fabulación y confirmé lo que sospechaba desde el principio: los datos que ahí se dan son inexactos. Antioquía de Galicia, está, de estar, en la laguna Antela, cerca de Orense, y no en la mar. Pero tampoco consideré necesario publicarlo corregido ya que me aburrí en seguida de la lectura. No encontré en él aventura digna de interés. Hay más ciencia que divertimento.

Miguel, con un oleaje de furia en la mirada, disimuló su indignación y aceptó la eliminación con elegancia. Pero no se le pasó por la cabeza rendirse y se lanzó a recuperar uno de los episodios sobre los que don Valerio Bárcena no había admitido discusión.

-Decía vuesa merced en nuestra charla anterior que en la Mancha gustan de leer sobre sucesos extraños y legendarios. Pues en el capítulo quince, que vuesa merced suprimió de un plumazo, la leyenda más inquietante de todos los tiempos se pasea a sus anchas por el relato.

Visiblemente molesto, don Valerio consultó el reloj de pared de la biblioteca, refunfuñó y buscó el dichoso capítulo quince que el autor quería defender como si de su vida se tratara. Estaba empezando a perder la pizca de paciencia que le quedaba después de la conversación matutina con el vehemente autor. Pasaba las páginas con desdén, hasta que por fin se puso a leer con fingida admiración y un deje que burla que irritaron a Miguel:

-“Capítulo quince. Donde se cuenta cómo el audaz capitán Alonso encuentra al Holandés Errante y las inauditas revelaciones del vagabundo en su parlamento con Quijote. La calima hacía perder la memoria a las olas, que en su vaivén no sabían si iban o venían y en un remolino de confusión surcaba el océano la goleta, algo escorada, del capitán Alonso...”.

Mejor me salto las páginas siguientes con los pormenores de la vida a bordo y voy sin más al momento del encuentro. Porque, no sé vuesa merced, pero lo que es un servidor no dispone de todo el día. “No puede decirse que el capitán Alonso se asustara ante la visión fantasmagórica del velero del Holandés Errante, pero tampoco contempló con serenidad el buque que apareció ante sus atónitos ojos entre un bravo oleaje. Fiel a las antiguas creencias que aseguran que cada siete años su nave envuelta en la luz dorada que emiten las riquezas que transporta, se acerca a la costa con el siempre desafortunado afán de pisar tierra firme y romper el hechizo que lo encadena al océano...

Don Valerio se saltó una página de descripciones sin justificárselo esta vez a Miguel y siguió leyendo del manuscrito lleno de enmiendas:

-“...conversaron en una taberna del puerto lisboeta y fue entonces cuando el Holandés Errante, con voz contagiada de la profundidad de alta mar, confesó algo que hasta entonces nunca había contado a nadie. Le habló de su cansancio, tan inmenso como el piélago al que estaba atado para la eternidad, del hartazgo de surcar una y otra vez los mismos mares que ya no le ocultaban ni un secreto y que detestaba tanto como su propia vida interminable...”.

¿Es que no se da cuenta, don Miguel, de que las personalidad tan fascinante del famoso viajero holandés quita protagonismo a su dichoso capitán Alonso? Frente a su intrigante encanto centenario, ¿en qué queda su maldito Quijote? Cualquier lector curioso, abandonaría aquí la lectura y buscaría el libro que contara las correrías del Errante. ¿Es eso lo que quiere?

Atardecía. Desde la cocina llegaba el aroma del guiso que el impresor Bárcena iba a cenar aquella noche. Meditabundo, Miguel se recostó en el respaldo de la silla de la biblioteca. Por un lado daba la razón a don Valerio, pero por otro, estaba tan fascinado con las aventuras de su sin par personaje, que no quería creer todas aquellas objeciones. Aquel impresor desgraciado había puesto en duda su talento y a pesar de todo él había reunido la calma y la frialdad suficientes para razonar y defender, como haría su propio personaje, la variedad de destinos que su capitán recorre, las empresas en las que participa y las miradas con las que se cruza en su largo camino.

Fue la ira de un día entero de discusiones la que hizo a Miguel levantarse con brusquedad y agarrar su manuscrito. Con él fue a zancadas hasta el fogón donde la mujer de don Valerio preparaba unas migas. Arrojó su obra a las llamas y miró como ardía hasta que desapareció devorada por el fuego hechicero. Sí, quemó aquel manuscrito lleno de remiendos que ya no era más que un esqueleto sin músculo ni sustancia dentro. Ahora La formidable aventura del audaz e intrépido capitán Alonso Quijano nunca se conocería.

Casi diez años después, olvidado ya en Alcalá de Henares aquel escándalo vivido en casa del prestigioso impresor don Valerio Bárcena, se encontraba éste en Madrid en viaje de negocios. Paseaba por un mercadillo de la villa y corte, cuando oyó al tendero de un puesto gritar a los cuatro vientos las mercancías más dispares. Alguna palabra del reclamo del vendedor llamó su atención y se acercó. Ahí estaba. Un libro de aquel escritor exaltado que no había vuelto a ver con el título que él mismo le había sugerido diez años antes. Publicado por el impresor madrileño, su admirado Juan de la Cuesta. Ni que decir tiene que don Valerio lo compró. Durante su ávida lectura no perdió en ningún momento la sonrisa de los labios.

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

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