ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


De quijotes y sanchos, XIX Certamen literario Café Compás

           

Juanillo

José Juan PUDDU

 

Cuando Juanillo alcanzó la adolescencia su cuerpo ya calzaba trajes de El Corte Inglés que, por correo, le compraba su madre; le crecieron finos bigotes, que, sumados a sus ojillos pequeños, le dieron aspecto de laucha, y como tal se comportaba. Recorría a diario, como un roedor, una y otra vez los estantes en búsqueda de su alimento espiritual: correrías de tinta. Fue amo absoluto de los libros y del ancestral museo familiar donde, decía “trabajaba”. Su vida afectiva estaba allí, abrazado por su sillón. Siempre pulcro dentro de su traje, con camisa blanca, corbata y zapatos lustrados. Era un dandi que no salía del caserón de las pampas, frente a la laguna. Nunca se había enamorado ni parecía interesarle el tema.

Durante años la lectura del Quijote lo absorbió por sobre todas las cosas e introducirse en su trama fue su obsesión. Lo recitaba casi de memoria. En cada relectura encontraba nuevos atractivos, allí se hizo de amigos y de tanta intimidad con los personajes, quiso estar dentro. Indagó el tema hasta que un publicación llegada de México explicaba que los indios motecas conocían el arte de la traslación física en el tiempo y en el espacio. De inmediato decidió intentar el viaje por el interior de los textos según exponía el ejemplar azteca. Recomendaba que para marchar debía vestirse con prendas adecuadas al texto que se pretendía ingresar; en el museo había de su ancestro don Juan, llegado a América en el siglo XVIII. Fue consiguiendo las hierbas y capullos que debía sahumar. Para viajar no debía tocar el piso, entonces armó un columpio que colgó de la cumbrera; maceró el brebaje de tequila con brotes de yuca y miel. También necesito una piedra imán, para facilitar el regreso. Debía ser con la luna nueva. Con todo listo se obligaba, en plena oscuridad, a abrazarse al libro, recitar la fórmula prescripta, beber el brebaje y hamacarse en círculos hasta contactar a los personajes en la página donde el libro se abriera. Eso era lo fácil, lo difícil era animarse a la experiencia. Muchos amaneceres iluminaron el insomnio de Juanillo descubriendo a sus ojos fijos en el cielorraso en busca de ayuda para “desfacer su entuerno”. -¿Pruebo o no pruebo? Hasta que llegó el día de la decisión. -El jueves se hace la luna nueva. Si, el jueves me largo. ¿Qué puede pasar? Con voz firme se dio la orden. -No fallarás, es el día, Juanillo. Esa noche, despacio, avivó el fuego del brasero, echó sahumerios, puso en su bolsillo la piedra imán, agitó la botella del brebaje, cerró todas las entradas para luego, en completa oscuridad, tanteando, se trepó al columpio; previsor había dejado un taburete que usó a guisa de escalera. Apretaba su releído ejemplar de “El Ingenioso Hidalgo” para comenzar su aventura concreta. En medio de la penumbra abrió el libro y casi lo aplastó contra su pecho. Giró y giró en el aire lejos del piso mientras bebía, sorbo a sorbo, directamente del botellón, algo derramó sobre el prestado atuendo. Pasaron unos minutos que fueron siglos, todo se calmó, se recompuso lentamente. Se encontró rodeado de imágenes borrosas y voces humanas que paulativamente se aclararon. La noche se preparaba para apagar las estrellas; sus oídos y sus ojos, en la cerrazón, separaron imágenes y cantos de pájaros. Analizó los objetos, eran árboles frondosos que formaban una tupido bosque. A las voces creía haberlas escuchado antes: -...llegamos a la madrugada para alcanzar a ver el día en el Toboso... dijo una cascada voz, la otra respondió: - … embósquese en la foresta, iré y volveré presto... Se mantuvo quieto y en silencio, reconoció claramente términos y entonaciones. Eran Don Quijote y Sancho. ¡Tantas fueron las aventuras compartidas con ellos! ¡Cómo no reconocerlos! ¡Ahí están! Lo invadió una sensación extraña, una helada ebullición que le subía de los pies a la cabeza. Se disipaban los giros del columpio y los tragos: se sentía sobrio, muy sobrio. Apoyado contra una gruesa encina pensó que si se presentaba antes sus “amigos” podría caer sobre su humanidad la espada del Hidalgo, quien, saliéndose del texto cervantino, podría tomarlo por alguna aparición demoníaca. Prefirió no correr el riesgo de arruinar su propia aventura, continúo espiando las escenas tantas veces leídas. Recordó al instante: -2ª parte, Capítulo X, página 468. Donde se cuenta... y su memoria continúo. Escuchó varios refranes de Sancho antes de informarle a su señor que irían por su señora, reina y princesa Dulcinea. Puestos en camino los siguió en la penumbra a unos cincuenta pasos de distancia. Quería ver a la muchacha y comprobar fehacientemente si era tan fea como contaba don Miguel... La escena del encuentro, cuando el día ya despuntaba, con las tres labradoras montadas en borricos, la disfrutó con deleite hasta que las campesinas despacharon con firmeza a don Quijote y Sancho con un -¡mirad con qué se vienen los señoritos a hacer burlas de las aldeanas! Apártense y déjennos ir! Con esas y otras discusiones siguieron hasta que provocaron la caída de la muchacha de su humilde cabalgadura. Luego, la pretendida ayuda para ubicarla sobre el animal y la consecuente frustración de los hombres, que entre discursos disparatados, dejaron en paz a la reina y sus princesas.

Juanillo, prudente, fijó su atención en el rumbo tomado por las campesinas; se separaron y cada una se dirigió a su labor. Dulcinea, luego de andar unos quinientos pasos en soledad, se apeó para entrar al chiquero dispuesta a elegir el animal que debía carnear. Lejos de otras presencias él se acercó. Saludó amablemente a la muchacha que lo miró extrañada. Respondió al saludo con una pregunta:

-Buenos días, Señor; por su traza debe venir de una comarca muy lejana, ¿necesita ayuda? ¿Tiene hambre o sed? Por un largo rato no respondió. Cuando atinó respuesta apenas dijo: -Sí de muy lejos.

-Me imagino que huya de algún poblado morisco ¿Es así? -No, vengo de más lejos, tanto en la distancia como en el tiempo... -No más que yo. Ya llevo cientos de años apareciendo a través de la imprenta como una ignorante, no agraciada, harto sucia y maloliente. Y no es así, el autor me convirtió en un personaje diferente, hasta me llamó Dulcinea siendo mi nombre Aldonza Corchuelo. ¿A vuesa merced la parece justo? Sé leer y escribir. Solamente en mis horas ociosas ayudo a mis padres en estos menesteres. Quisiera evadirme de mi destino pero las tapas del libro, hace más de cuatrocientos años, me aprisionan, creo que terminaré mis días mirando al mundo desde algún polvoriento estante.

Los ojos de Juanillo se llenaron de mayor sorpresa. Poco podía hablar, ni palpar, pero sí mucho observar. Corroboró lo dicho por la joven respecto a su cuerpo al notar bajo los modestos vestidos unos robustos brazos, redondas formas y rosada piel, especialmente las partes no salpicadas por el estiércol. -Veo, si, que es bella y para mí, muy bella. Sancho la tiene por una mujer ordinaria, hasta le escuché decirle a Don Quijote que se olvidara de usted, su mérito pasaba por ser “la mejor mano de la Sierra Morena para salar puercos”. ¡Y que hasta tenía pelos entre los pechos! -Mentiras, es envidia, pregunte a los zagales de la comarca que me han pellizcado más de una vez. Panza me discrimina por ser la hija de Lorenzo Corchuelo. Esto ya no es vida. Mi deseo es aprender más y enseñar. ¡Si pudiera salir de esta jaula de papel entintado y ser yo! ¡Cuánto agradecería al Supremo!

Juanillo empezó a sentir que el cosquilleo del tiempo le avisaba que la experiencia llegaba a su fin. Debía volver. Antes de despedirse le preguntó: -¿Podré volver a verla y conversar? He tenido mucho gusto en visitarla.

-Volved cuando gustéis, si no estoy acá podrá encontrarme en alguna otra página, esos hombres desquiciados me persiguen. Buscadme. El muchacho bebía cortos sorbos del brebaje, apretaba el libro contra el pecho y frotaba el imán. Su cuerpo se desvaneció en la atmósfera. No alcanzó a escuchar la pregunta de la moza: -¿Cómo dijo que se llamaba la comarca desde donde vino?

Apareció en el columpio, restregándose los ojos. A los párpados los notaba hinchados, ya se abría paso el sol. Una alegre sensación lo recorrió, bajó, se deshizo de las ropas, las acomodó en la vitrina y se vistió de chaqueta, corbata y sus lustrados zapatos. Respiró feliz, envalentonado comenzó a preparar su siguiente experiencia. Sólo tendría que esperar la luna nueva siguiente.

En el almuerzo sus tías y sus hermanas le hicieron notar cierto cambio en su rostro. -Te vemos contento, alegre ¿has dormido bien, verdad? -Sí, tuve un buen sueño, mintió. Me siento muy bien, gracias.

¡Cuánto tardó en pasar el mes! Juanillo “trabajó” muchísimo ese tiempo para perfeccionar su aventura. Cuando llegó la luna nueva repitió la ceremonia y abrió el libro en la misma página y llegó al mismo bosquecillo. Caminó hacia el chiquero. Ella salaba a un enorme puerco. La saludó desde unos veinte pasos. -Acercaos, necesito vuesa ayuda, mientras la salo sosténgame esta media res que pesa más de dos arrobas. Con gusto se aproximó, nunca imaginó que él pudiera erogar tanta fuerza ante el pedido de una mujer. Al terminar la faena lo invitó a higienizarse en el arroyo que discurría entre las piedras. Exhausto, disimuló su esfuerzo. El agua arrastró de sus brazos la mugre y la fatiga. Ella se quitó el sucio delantal para meterse hasta la cintura en el cauce. Lavó con esmero sus enseres. Recostado en las piedras, Juanillo admiró ese cuerpo rebosante que, untuoso, se adhería a las ropas mojadas. La vio espléndida con sus cabellos ya limpios que flotaban al sol. E imaginó todo lo demás. Dulcinea se sentó a su lado. Con unos lienzos se secaron mutuamente, fue cuando él, venciendo a su timidez, le pregunto: -¿Siempre estáis dispuesta a evadirte de la tinta y el papel? La respuesta con voz firme fue la esperada: Sí, ¿pero qué embrujo podría realizar mi sueños? - Tal vez yo pueda la próxima luna nueva ¿me seguirías? La joven se acurrucú entre los brazos de Juanillo, le rogó con un susurro -Liberadme, no os arrepentiréis. Por primera vez sentía una mujer refugiándose en su pecho. Hablaron y se prometieron no echarse atrás. Otra vez el cosquilleo del tiempo comenzaba a desleírlo en el aire. Apenas escuchó un hilo de voz que se extinguía: -No me, falléis...

El columpió lo amparó. Al descender se reconoció más hombre; echó su mandíbula hacia delante, infló su pecho y se sintió mal alto, más fuerte, macho. Hasta se imaginó luchando con el Hidalgo por la mujer amada, él también tendría una armadura que lo haría invulnerable: el amor. Empezaba a comprender en toda su medida la contagiosa locura del Quijote. Usó su tiempo para preparar el rescate de la amada. ¿Sería eso en verdad el amor, la pasión? Por enésima vez estudió la fórmula de los motecas. Ahora se complicaba pues iría uno y volverían dos. Se planteaba otro desafío “quijotesco”. Con cautela compró, por correo, un vestido de mujer simulando que el envío contenía libros. Preparó más brebaje, un segundo columpio para la soñada recepción, consiguíó otro imán a más de todo lo indicado para esperar la nueva luna. Se le hizo largo ese mes pero llegó puntual la noche soñada.

-Mañana en el almuerzo les daré una sorpresa, -les dijo a las mujeres de la casa luego de la cena, -esta noche tengo mucho trabajo.

Repitió la rutina: ropa de su ancestro Don Juan y el equipo. El libro en la página 468 apretado contra el pecho para evitar caer en otro capítulo y encontrarse en una aventura distinta. Y a volar tiempo y distancias.

Alejada del chiquero lo esperaba a la sombra de un sauce, al borde del arroyo. Diligente se vistió con las ropas que él le proporcionó que no lograban disimular sus contornos; el cabello fragante y suelto lucía una flor. Una sonrisa cómplice, mejoraba su aspecto. Su equipaje era un ejemplar de la primera edición del libro que la tenía como una de los protagonistas. A modo de disculpa se dijo: -Despedazaré para siempre esta historia de locos. A la distancia echó una última mirada a los tejados de su comarca al tiempo que sus redondos dedos se entretejían firmemente con los de Juanillo; anhelaba con ansiedad el momento de liberarse del yugo del pergamino. Él, responsable de la aventura, no dejó detalle sin atender. Bebieron un largo trago del elixir, aspiraron sahumadas fragancias, apretaron imanes, libros, manos y cuerpos en su viaje compartido.

Se acercaba el mediodía otoñal. El almuerzo estaba servido en la casona, las mujeres frente a su plato de sopa esperaban inquietas la sorpresa anunciada por Juanillo; apareció vestido con las ropas del manchego don Juan, se paró delante del acceso al comedor que se asomaba a la laguna y dijo: ¡Atención!... les presentaré a Aldonza, mi prometida... Las mujeres cerraron la boca a las cucharas, sus pupilas se dilataron. Él abrió las puertas y apartó las cortinas, el ambiente se llenó de sol. El resplandor sobre las aguas las encandiló impidiéndoles advertir remolino que desparramaba por el comedor un vestido blanco que dejaba escapar cientos de amarillentas páginas arrancadas de una vieja novela de caballería.

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

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