ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


De quijotes y sanchos, XIX Certamen literario Café Compás

           

Antiquae Hístoriae Ausevarum

Francisco J. SUÁREZ DE VEGA

 

Un enrabietado golpe de viento, preludio del inminente turbión, inundó el calabozo con unos pestíferos efluvios. Cual si de un ritual de apareamiento se tratase, una vez más, la Esgueva volvía a amancebarse con Vulturno; si bien, en el verano de 1605, la particular parada nupcial se había visto adelantada a un canicular junio. Juntos, bajo el padrinazgo de las reales carnicerías del rastro nuevo, acababan de alumbrar una mefítica y pestilente prole que, durante algunos días, tal vez semanas, enredaría, juguetona, entrando y saliendo sin cesar de los pulmones y pituitarias de los sufridos habitantes de la capital de las Españas.

Alonso Pacheco se disponía a entrar en la cárcel de Corte. No había llegado aún al portón de entrada, cuando se dio cuenta de que aquella jornada no iba a ser como las demás. Un coro de femeninas voces, procedente de los calabozos, amenizaba a los allí presentes con unos disonantes madrigales que, empero, poco tenían que ver con los que cotidianamente interpretaban rabizas, cotarreras, pagotes, engibacaires, y demás género germanesco, naturales moradores de tan lúgubre mansión.

Nada más entrar el alguacil, un cruce de miradas con su compañero, el corchete Beltrán de Hinojosa, bastó para confirmar sus sospechas.

—Veo que el Alcalde ha decidido hacerle la competencia a ese salón de saraos que acaba de inaugurarse en la Plaza de Palacio, en el que se dice que caben tres mil almas... ¡Vaya jolgorio que tenemos!—dijo Pacheco, chancero.

A fe mía que sí —respondió Hinojosa—. Ríase vuesa merced mientras pueda, pero mi intuición me dice que más de uno de los habituales danzantes del Real Palacio habrá de pasarse por acá. De hecho, uno ya vino a ver al Alcalde Villarroel. Por cierto, hablando del Rey de Roma, creo que quiere verle urgentemente. Está en los calabozos apretando las tuercas a las >Cervantas.

—¿Las Cervantas?—inquirió Pacheco sorprendido— ¿Te refieres a la parentela del escritor que vive en las casas nuevas del Rastro?

—A las mismas que visten y calzan. Y él, don Miguel, también está ahí abajo, aunque no se le oiga. Deben de estar metidos hasta el cuello en el asesinato de don Gaspar de Ezpeleta, el amigo del Marqués de Falces.

Al bajar a los calabozos, Pacheco se topó con aquella mirada, plena de tristeza, de un cansancio infinito, que penetró en lo más profundo de su ser. Apenas duró unos instantes, pero fueron más que suficientes. Conocía de vista al famoso escritor. Y lo admiraba. Por ello, verlo en aquellas penosas circunstancias, encarcelado con toda su familia, le causó una fuerte impresión. Sin embargo, las emociones del día no terminarían ahí. Al fondo del pasillo, de espaldas, Villarroel interrogaba conforme a la lex artis, propia de su oficio, a una atemorizada joven. Se trataba de María de Zeballos, que desde hacía unos meses servía en el hogar de los Cervantes. Los ojos de la criada se abrieron como dos lunas al ver aproximarse a Pacheco, que, con el máximo disimulo que pudo improvisar, le hizo señas para que reprimiese su sorpresa y deshiciese, de inmediato, tan lechucil expresión.

—¡Vaya, Pacheco! Su indisimulable aspecto de veterano de Flandes parece haberle causado una gran impresión a esta moza. De no ser porque poco queda por sacar de este pozo, le pasaría el testigo para que siguiera usted con el interrogatorio, pero mejor le haré otro encargo. Quiero que acuda esta tarde a las casas del Rastro, a ver si logra que alguien más desembuche. Aunque el caso cada vez está más claro, y todo apunta a ese progenitor de quijotes y sanchos que tenemos ahí. —dijo, carcajeándose, el alcalde Villarroel con su áspera y desagradable vozarrona.

Mientras cruzaba la puentecilla de madera que hay frente a la calle que sube a la de Perú, camino del rastro nuevo, la mente del alguacil no paraba de hacerse preguntas. Aún no disponía de información suficiente, pero había algo que no le cuadraba en aquel turbio asunto de la muerte de Ezpeleta. Llegado a las casas, frente a las que un hombre de mediana estatura, con un ferreruelo negro, había herido mortalmente al caballero navarro, comenzó a interrogar al vecindario. Al subir a la primera planta, una voz familiar susurró su nombre. Se trataba de María, la criada, que ya había vuelto de su interrogatorio y era, en ese momento, la única moradora que quedaba custodiando los yermos aposentos de la familia Cervantes. El alguacil conocía a María desde niña, pues ambos eran oriundos de la aldea de Bárcena de Toranzo, en las montañas de Santander. El destino, la casualidad, habían querido que sus caminos volvieran a cruzarse, a orillas del Esgueva, en aquellas extrañas circunstancias.

Tras serenar a la joven, que no cesaba de sollozar y lamentarse por su amo, ella se sinceró y le contó lo que, por prudencia, le había ocultado al Alcalde Villarroel. Lo había visto todo y este fue su relato: «Serían las once de la noche del día 27 de los de junio, cuando, viniendo de la fuente de Argales, observé como el hombre del ferreruelo negro comenzó a porfiar con don Gaspar, mencionando algo sobre una dama, que no pude oír bien. Este, que venía con espadín de noche y broquel, desenvainó su acero y comenzaron a acuchillarse. Me escondí para no ser vista. Poco tardaría en inclinarse la lucha a favor del azabachado espadachín, que le madrugó a don Gaspar dos traicioneras mojadas, haciéndole besar el empedrado. ¡Ah ladrón, que me has muerto! gritaba el dicho don Gaspar. A partir de ahí, la alarma cundió entre los vecinos, que metieron al moribundo en la casa de doña Luisa Montoya y, poco tiempo después, llegaron Villarroel y sus hombres». También le confesó la observadora criada, que haciendo honor a su ascendencia pasiega era sagaz de natural, un detalle del que se percató mientras el Alcalde revisaba las ropas de Ezpeleta. Entre sus calzas encontró dos sortijas de oro, que inmediatamente le entregó al alguacil que le acompañaba. Sin embargo, no hizo lo mismo cuando descubrió un papel doblado, hecho billete, que, de forma harto sospechosa, cuidó de guardarse sin que nadie se apercibiera de ello. Pacheco, finalmente, le preguntó a su paisana si sería capaz de recordar el aspecto del asesino. Ella, que lo recordaba con claridad, comenzó a describir con gran precisión al mortífero atacante. La mirada del alguacil se fue iluminando por momentos, y antes de que María finalizase su prolija exposición, le dio las gracias y salió corriendo de allí.

Estaba anocheciendo y la mayoría de los parroquianos, de más que dudosa prez, habituales de la taberna situada bajo la casa del impresor Lasso de la Vega, aún no habían hecho acto de presencia. No obstante, allí estaba él, tal y como esperaba Pacheco. Se volvían a encontrar dos viejos camaradas. Habían luchado juntos bajo los estandartes del Tercio Viejo de Sicilia, a las órdenes de D. Juan del Águila. Hacía ya mucho tiempo de aquello pero, en realidad, seguían dedicándose a lo único que sabían hacer, aunque hoy lo hacían en bandos opuestos: uno del lado de la Ley, y el otro…, del suyo propio y del que le ofreciera una buena bolsa llena de doblones.

—¿Qué te trae por aquí viejo amigo? —inquirió entrañable, aunque cauteloso Diego Sigler.

—En este caso, Diego, se trata de trabajo. Necesito tu ayuda —respondió Pacheco—. No me preguntes cómo, pero sé que el hombre del ferreruelo negro que mató a Ezpeleta, eres tú. Como también sé que hay un inocente que está pagando por ello, D. Miguel de Cervantes, y ¡voto a bríos! que no he de consentirlo, cueste lo que cueste. Además, es uno de los nuestros, Diego; anoche hablé con él, y resulta que también sirvió en el Tercio Viejo de Sicilia, tras lo de Lepanto. El Alcalde está ocultando pruebas para proteger a alguien, y sólo tú puedes ayudarme.

—Alonso, no tienes remedio. Estás pisando arenas movedizas. Podrías salir muy mal parado. O no salir. Ya se te han olvidado los años de penuria y miseria, hasta que lograste el puesto de alguacil. Tú no sirves para hacer lo que yo. ¿Y tu esposa? En cierto modo te pareces a ese D. Quijote, la criatura del escritor al que quieres salvar.

—Tal vez, Diego. Pero, ¿acaso no fuimos unos quijotes los que luchamos en Flandes? Acuérdate de la Isla de Bommel. ¿No mereció la pena? Desde entonces estás en deuda conmigo, y ha llegado el momento de saldarla.

El sicario, que después de aquello huyó a Nápoles por un tiempo, le contó a su antiguo camarada que Ezpeleta había tenido dares, tomares y pesadumbres con una mujer casada. La esposa infiel, doña Inés Hernández, lo era del escribano Melchor Galván. Sin embargo, fue aquella, despechada, y no su cornúpeta pareja, la que encargó dar un “susto” a Ezpeleta, cuya osadía lo terminaría complicando todo. El detallado relato de Diego condujo a Pacheco hasta un paje de D. Gaspar, Francisco Camporredondo, cuya declaración confirmó todo lo anterior y llevó hasta la pista definitiva. Al parecer, la negativa del navarro a devolver a su amante dos sortijas de oro, que el marido le reclamaba, fueron el desencadenante de todo. Indagaciones posteriores permitieron al alguacil saber de la estrecha amistad de su jefe con el escribano Galván, y comprender los motivos por los que Villarroel trató de frenar el escándalo, inculpando con falsos testimonios a Cervantes, y tapando a los auténticos culpables.

***

Diez años después, en una aislada y mísera cabaña, dormitaba un hombre solo, arrumbado por los años, la pobreza y las viejas heridas. El temporal azotaba la braniza pasiega, haciendo crujir los travesaños y cerchas de la techumbre. Dos secos aldabonazos sacaron al viejo soldado de su ensoñación; se levantó y abrió el portón. Allí estaba María de Zeballos, con sus dos hijos ateridos de frío.

—María, ¿cómo habéis subido hasta aquí con este infernal argavieso? El gallego sopla con furia. ¿Sucede algo? ¿Qué ha pasado?— preguntó un sobresaltado Alonso Pacheco.

María, a pesar de estar empapada hasta los huesos, no pudo reprimir una sonrisa traviesa que tranquilizó y desconcertó, a un tiempo, a su paisano; se levantó la capucha de su capa de buriel y sacó un voluminoso paquete que escondía bajo la misma. Tras dejarlo sobre la mesa, le entregó una carta. «Viene de Madrid», le dijo María. Pacheco se sentó de nuevo, no sin dificultad, la abrió y comenzó a leer. Al poco, sus ojos comenzaron a humedecerse, hasta que una lágrima se derramó por los profundos pliegues de su rostro. La carta decía así:

Querido amigo. Mucho me ha costado averiguar dónde moraba vuesa merced. Finalmente, con la ayuda de mi fiel María, lo he conseguido. Hólgame hacerle llegar un ejemplar de la segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha. También lo hace que, al recibirlo, sepa usía que sin la intervención de otros quijotes, que no aparecen en él, jamás hubiera vuelto a cabalgar el caballero de la triste figura. Do quiera que esté, siempre lo tendré en mi corazón. Su amigo y camarada.

Miguel de Cerbantes Saavedra

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

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