ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Agua, XVIII Certamen literario Café Compás

           

El nublero. Leyendas de agua

Iñaki ESCUDERO GONZÁLEZ

 

El viejo era tuerto y manqueaba de la derecha. Barbón, enjuto de carnes y largo de alzada, su rostro estaba arado por tantos pliegues, y tan profundos, que parecía que si le estiraran aquella piel se obtendría pellejo para dos caras. Los ancianos contaban que ya era viejo cuando le conocieron, siendo ellos rorros. En el pueblo le decían Nublero. Que domeñaba los vientos y las lluvias, y que invocaba al Maligno o a quien fuera, era capaz de atraer, o de alejar según su voluntad, el nublado, y la piedra, y la helada negra. Moraba en un chozo, orilla del cerral, a media legua larga del pueblo. Junto al aparte se alzaba una olma centenaria, solitaria, como un faro en medio del océano de tierra yerma.

Años atrás heló por san Marcelino, y se quemó la espiga, perdiendo muchos vecinos la cosecha entera. Culparon de ello al Nublero, por lo inusual del retraso de la negra. Azuzó a los del pueblo don Elpidio, pues litigaba con el Nublero por una moza, una miajica inocente, que vivía con el viejo. El cacique la tenía el ojo echado, mas la joven no quería abandonar al Nublero, a saber por qué, pues ni eran familia ni estaban maridados. La noche siguiente don Elpidio y tres o cuatro más fueron a por el viejo, le sacaron de su casa a rastras, le golpearon y le llevaron a colgar al ciprés de la plaza. Los vecinos observaban la escena fumando, sentados en los tocones y sin decir esta boca es mía. La muchacha lo vio todo, y berreando como una alunada, fue a buscar al Cura para que mediara por el viejo. El Cura bajó corriendo a la plaza, y consiguió templar gaitas, a pesar de que por aquellas tierras de Caín no se ponían más velas a Dios que al Diablo. Siquiera parejas. El viejo se salvó por poco, pero la muchacha, de natural tan sentida que hasta se amurriaba con el dolor ajeno como si fuera propio, se fue apagando poco a poco a partir de aquel día. Como la llama de los cirios de la iglesia. Le empezó a contar al Nublero que cada atardecer, un poco antes de ponerse el sol, escuchaba una voz líquida, que procedía del regato. Y ella se acercaba hasta allí, se arrodillaba bajo los sauces y los chopos de la ribera y contemplaba el discurrir sereno de las cristalinas aguas. Al rato, decía, aparecía entre los guijarros del fondo del lecho una mano blanca como la nieve. Una mano que extendía los dedos delicados hacia ella, para plegarlos luego sobre la palma. Una mano que la llamaba. Al Nublero se le ensombrecía la expresión, pero sabía que nada podía hacer, salvo prepararla una tisana de salvia y espliego para mitigar su desasosiego. La mañana de san Silvestre la muchada apareció ahogada, flotando en el arroyo, enredado su me-pocillo hinchado entre las aneas y las espadañas. El Nublero declinó enterrarla en el camposanto de la iglesia. Le dio tierra bajo la olma, colocó un ramillete de chiribitas sobre el túmulo y se quedó a vivir en el chozo, abandonando el pueblo para no volver.

Y ahora venían a buscarle. Lloriqueando tal que plañideras. Que invocara al agua, le decían. Que de esta no salían, que ya iban no sé cuantas semanas sin que cayera una gota, y el grano se agostaría. Agua, Nublero. Agua, por caridad. Y los miserables traían a los niños sin camisa, para el que Nublero pudiera contarles las costillas, y apiadarse de sus cuerpecillos de chicha y nabo. La sequía precede al hambre, Nublero. Y los primeros en sufrirla son los chiguitos. ¿Acaso no lo ves? Eso dijo el Cura, secándose el sudor de la frente con un pañuelo sucio. El viejo estaba tallando una chifla, sentado bajo la olma. No dijo ni mú. Simplemente negó con la cabeza, se incorporó y marchó hacia el páramo. Maldito seas, nublero del diablo, le gritó acerbo don Elpidio.

Dos semanas después, los del pueblo volvieron. Pero en aquella ocasión el Cura no iba con ellos. Quedóse anonado en la iglesia, porfiando entre si su miedo y su vergüenza. Esta vez los hombres traían piedras, tranchetes y palos, y las mujeres portaban hachones. Se llegaron hasta el chozo del terral como una manada de lobos, arracimados unos contra otros, resollando, blasfemando, sudando vino e ira. Has expulsado a las nubes de nuestra tierra, endemoniado, vociferaban ebrios. Tú eres el culpable de que no haya agua. Pactaste con el Diablo, que te da la vida a cambio de nuestra miseria. De pronto, el viejo salió del chozo y todos callaron. Quedó de pie frente a ellos, observándoles uno por uno. De vez en cuando su rostro arrugado se contraía en una mueca de fastidio, como si le apenara, o le extrañara, reconocer a alguno de los presentes. El sol acababa de esconderse, dando breve tregua a la tierra quemada, y los dorados del horizonte tornaban ya en malvas. Y en negros. Durante unos instantes eternos, un cendal de silencio descendió sobre el páramo y el llano. Se apagó el canto de los grillos, el silbido del alcaraván, los trinos y los rurrús de cojugadas y engañapastores. La vida pareció extinguirse bajo la desvaída luz de la luna mora.

Rompió el silencio el niño del Elpidio.

- Nublero- gritó, riendo. Y le arrojó un canto que fue a darle contra el pecho. El viejo cerró los ojos y retrocedió, arrugando el rostro por el dolor.

- Eres un desagradecido, viejo. Y un nublero amigo del demonio- se abalanzó sobre él el Elpidio, avergonzado por la decisión de su chiguito, que apenas tenía los ocho. Esta vez el canto impactó en la cabeza, y el viejo trastabilló. Los hombres ya le encimaban y las dos siguientes piedras le hicieron perder pie y sentido, y probablemente la vida. Cayó al suelo tieso, golpeando sordo la tierra marchita. Los hombres, las mujeres y los niños enloquecieron al verle caer y se arrojaron sobre él como los lobos sobre las ovejas muertas. Le atizaron con palos y puños, aullando igual que orates. Le desfiguraron el rostro, mancillaron el cadáver con salivazos e imprecaciones en un aquelarre atávico y gregario, tan antiguo como el mismo hombre, mil veces repetido por los siglos de los siglos. Cuando saciaron su ira se separaron del cadáver y el corro abigarrado que se perfilaba a su alrededor se fue ampliando hasta que los hombres quedaron dispersos en una única hilera circular que rodeaba los despojos. Entre cuatro arrastraron el cuerpo inerte y lo colgaron del cuello de un camal de la olma centenaria. Luego dieron fuego al chozo. Después, apresurados y en silencio, bajaron hacia el pueblo, separados los unos de los otros, y cobijaron la vergüenza en sus guaridas, aprisa y sin despedirse entre ellos. Arriba, en el terral, ardía la pira bajo la bóveda infinita del cielo puro.

A la mañana siguiente, las campanas de la iglesia repicaron, anunciando al nublado. Los hombres asomaron esperanzados, salvo el Elpidio. El cacique oyó chirriar la lechuza toda la noche en el casco del corral. La Vito le dijo que la vio, y que era enorme y tirando a cenicienta, como nunca conoció otra. Y que tenía los ojos rojos y grandes ganas. Le gritó, Elpidio, ¿qué hicisteis? Vino el Bú. Le chupó el alma al Nublero y se llegó a nuestra casa. La Vito sollozaba ¿por qué vino a nuestra casa? ¡Es el Bú! Elpidio abofeteó a su mujer y le reprochó sus lloros. Pero el caso es que el hijo del cacique amaneció enfermo. Pálido, consumido, hueco como un pellejo de vino vacío. Tal que si le hubieran sorbido los jugos.

Y al poco encerró el cielo, y oscureció más prieto que si fuera de noche. Comenzó a llover, como si jamás hubiera llovido desde el principio de los tiempos. Descargaron las nubes su furia durante horas, vomitaron los cielos millones de gotas que repicaban sobre la tierra yerma y agrietada por el sol. Se vació el firmamento en la zamarrada terrible, y tanta agua cayó que se desbordó el cauce del arroyo y arrasó la alquería, ahogándose la mayor parte de las bestias. Luego, por fín, arrojó el cielo la piedra que quebró las espigas; abriendo la puerta al hambre. El pueblo se convirtió en un gigantesco lavajo, donde flotaban por entre las casas de adobe los aperos de labor de la alquería y los cadáveres de las bestias ahogadas por la riada. Los campos y los majuelos se anegaron para quedar estériles por muchas temporadas, y el granizo destrozó la mayoría de las cubiertas tejadas de casa y tenadas.

Pero el mayor espanto fueron los tres tronares con que finalizó aquella aguarrada brutal, seguidos de sendos relámpagos cómo jamás vieron los ojos de los hombres. El primer rayo alcanzó la espadaña de la iglesia, echando esta abajo junto con parte de la torre. El segundo, de color verde, fue a caer en los restos de la alquería, fulminando los pocos útiles que habían sobrevivido a la avenida. Ardieron sobre el agua, como fuegos de san Telmo, trillos y canos, banastos y cuévanos, redes para las gavillas y todo lo que poseían los del pueblo. El último relámpago, albo como la nieve, fue a estrellarse contra la olma centenaria, prendiendo el cuerpo colgado del Nublero con llamas blancas, justo en el instante en que batía sus alas una enorme lechuza, abandonando el ramaje muerto dela vieja olma, y alejándose en dirección a la paramera, para no tornar jamás.

Entonces, clareó el cielo y regresó el día, espaciándose los gorgoritos hasta extinguirse y escampó al fin. Y así el agua que durante siglos alimentó la tierra, en horas arrasó el pueblo. Ahora, concluido el diluvio, únicamente sonaban los gemidos y sollozos de los hombres. Y cada uno no escuchaba más que su propio lamento. Nadie oyó el más profundo, el grito más desgarrador. El que emitió el corazón destrozado de la Vito, cuando vio a su hijo engurriado bajo la alcoba, como un feto. Descamado y seco. Muerto.

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

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