ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Agua, XVIII Certamen literario Café Compás

           

El zahorí

Miguel PAZ CABANAS

 

Quién nos lo iba a decir, que el gacho nos saldría rana, que desataría un vendaval, que provocaría un cataclismo, si parecía un chinchinflas, un huevón, con su bigote lánguido y sus mejillas hundidas, como aquel sombrero de paja lleno de agujeros, no pesaba más de cuatro arrobas, se sostenía en pie de purito milagro, habían dado con él en Acapulco, rastreaba cosas por las playas, alianzas, pulseras, relojes, efectos que los turistas extraviaban en la arena, el chingado llevaba un artilugio al cuello, afirmaba que podía encontrar agua en el desierto, lo llamaban Segundo, solía llegar tarde a sus citas, vino subido a un chevrolet renqueante y no hubo forma de arrancarlo, me refiero al coche, él si rompió a andar, había nacido en un hospicio de Poza Rica, puede que de Cuernavaca, en su mochila traía chirimbolos inauditos: el arnés magnético y el detector con electrodos, la corona estática y un péndulo que titulaba matemático, decía que podía localizar cualquier portento, focos de radiación y corrientes subterráneas, acuíferos, pozas y vetas minerales, había que oír al de Cuernavaca, puede que fuese de Poza Rica, parecía media ración de algo, al alcalde le pareció chistoso, seguramente vio en él una forma de embaucarnos, llevábamos meses sin agua, ni una mísera gota de agua, los rostros mohínos, las gargantas sedientas, sufríamos una sequía pertinaz, puede que fuera el sol cegador de Méjico, o un castigo divino, había quien abogaba por tomar pulque, como mi hermano Juan, en porrón o en odre de carnero, sus hijos acudían ebrios a la escuela, a mi cuñada le brillaban las mejillas, peor que la sed era el polvo, aquel veneno infiltrándose en los arcones, en las alcobas y en las sacristías, no daba el agua para pasar la lengua por un sello, parecía que vivíamos en el desierto de Atacama, faltaban esas madejas hurañas que giran en los pueblos del Oeste, es posible que nos hubiese venido bien un sheriff, la llegada del zahorí trastornó a todo cristo, la gente reñía, se peleaba, todos requerían sus servicios, finalmente el alcalde optó por un protocolo leal, primeros las familias numerosas, luego los viejos, se apuntó el pueblo entero, todos excepto el pastor, mis cabras sacan zumo de una piedra, nos dijo, era un hombre de voz bronca, colmilludo, más ancho que largo, visitaba la cantina una vez al mes, bebía vino y vasos de mezclal, cuando vio al zahorí lo señaló con su cacha, eres un farsante, le espetó, el otro se quedó mudo como una piedra, como esas que lamían las cabras del pastor, se hizo un silencio terrible, el alcalde intercedió por él, este cuate terminará con la sequía, señaló, es posible que nos haga ricos: era una de las especies que corría por el pueblo tenía poderes sobrenaturales, podía dar con minerales valiosos, hierro, pepitas, cobre, pero sin son tierras calizas, gruñía el pastor, nadie le hizo caso, no hay soñadores más crédulos que los plañideros, se organizaron turnos para explorar las tierras, cuanto más áridas mejor, resolanos y terrizos, cunetas y chaparrales, había quien buscaba agua en un pedregal, el zahorí no se daba por vencido, iba con su péndulo de la mano, la mirada ceñuda y absorta, su silueta recortada contra las tapias, un pasito para adelante y otro para atrás, un vistazo al cielo y el péndulo fijo, caven aquí, instaba, cuanto más profundo mejor, y los hombres se afanaban, briosos y arremangados, clavando con fuerza en un pelluzgón, arrancando raíces y piedras, triturando crestas y ortigas, doblando los riñones mientras sudaban a chorros, qué espectáculo, Segundo distribuía los tajos, al atardecer veías a los hombres con barras y azuelas, cavando como si les fuera la vida en ello, las fincas se llenaron de hoyas, el pueblo adquirió un aspecto lunar, fue entonces cuando el alcalde difundió aquel rumor, lo del tesoro de Zapata, se sabía que una de sus esposas había nacido en nuestra comarca, el alcalde insinuó que habían enterrado sus monedas bajo un árbol, una fortuna en chuchos de mil, el que más y el que menos se tragó la crónica, ya no era solo cuestión de minerales, de agua, se trataba del botín supremo, de las joyas de Zapata, el zahorí no daba abasto, andaba con el ojo pelón, su péndulo parecía el dedo de Júpiter, hasta Juan echo mano de un pico, el único que se mantenía al margen era el pastor, nos miraba como si fuéramos dementes, sus cabras ramoneaban tranquilas, nosotros removíamos cascajos en el cementerio, desenterrábamos cualquier cosa, sobre todo si era grande, sobre todo si era brillante, pero se vio pronto que carecía de valor, solo aparecían barreños, latas y morrillos, el alcalde imprimió una lista y la expuso en la plaza, cuando la leyó el aguacil se nos caía la cara de vergüenza: habíamos desenterrado charrascas, jícaras y cadenetas, se habían encontrado espuelas y serpentinas, incluso se dio con un orinal de vidrio y un peine de hierro, pero ningún botín, mucho menos un cofre con doblones de oro, el pueblo clamaba venganza, se sentía estafado, alguien rescató un fusil de pedernal y una soga de cáñamo inglés, querían fusilar a Segundo, colgarlo por los pulgares, dónde está ese pedigüeño, dónde se oculta el impostor, al cabo de dos días dieron con él, por lo visto también había cavado, se dio por hecho que para despistar, pero el zahorí gritaba que no, decía que había dado con algo tremendo, nadie lo creía, aquel hombre tenía cara de espanto, lo curioso es que no parecía que fuese con nosotros, había en sus ojos algo parecido a la calamidad, una sombra negra y funesta, como si hubiese venido de un lugar terrible, de un templo macabro, nos daba lo mismo, el alcalde y el de la judicial echaban chispas, sólo el pastor intercedió por él, las cabras se escondieron en el monte, éramos una turba chinchuda, le arrancamos el cuero, lo arrojamos por un talud, es posible que lo devorasen las alimañas, nadie se molestó en averiguarlo, aquellas tierras pardas se lo tragaron par siempre, tierras malditas y cerros viejos, llegamos a casa de noche, los gallos nos despertaron temprano, fueron los chamacos los testigos, los pocos chamacos del pueblo, ellos descubrieron la zanja, iban camino de la escuela, había huesos y calaveras, nombraban a Segundo, la había cavado con sus propias manos, decían, pero no era agua lo que encontró, tampoco un deslumbrante tesoro, lo que allí había, gimieron, bajo la tierra de Iguala, era una fosa común, los huesos de veinte estudiantes, un orificio de bala en sus cráneos mondos, entre sus ojos aterrados: quién iba a suponerlo, que la última playa que rastrearía aquel desdichado, el pobre zahorí, sería, nomás, la memoria de nuestro pasado más infame.

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

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