ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


La otra cara de África, XVII Certamen literario Café Compás

           

La noche salvaje

Eloy LÓPEZ GRANDAL

 

En el mismo hotel que fuera centro de operaciones de la Conferencia de 1906, hoy los principales dirigentes europeos se enfrentan a una crisis sin precedentes. La noticia surge en el día de clausura de la cumbre sobre migración, que se prolongará ya de manera impredecible. Los presidentes de Francia, Alemania, Italia, España y Gran Bretaña guardan silencio y suspende, por el momento, la rueda de prensa prevista para última hora de esta tarde. El mundo cambia para siempre a toda velocidad mientras realizamos esta crónica y el programa continúa en antena e inicia su sexta hora en directo. En Algeciras, son las 14 horas del sábado...

El secretario, junto al televisor, repara en el gesto del primer ministro francés, señor H y apaga la emisión. Reina un gran silencio en la sala de la última planta habilitada para las reuniones. Nadie se atreve a hablar.

El presidente español, el señor R, mantiene su discreta posición en el fondo de la sala. A su lado, el primer ministro británico, el señor C, tamborilea nervioso con los dedos sobre el teléfono móvil. Hace días que no duerme bien y ayer mismo pidió que le viese de urgencia un médico. Al parecer, sintió una gran opresión en el pecho cuando se cepillaba los dientes, antes de irse a la cama. Frente al gran ventanal de la sala, tapado por dos juegos de cortinas, la primera ministra de Alemania la señora M se frota las manos nerviosa.

Por último, apoyado en la pared de la puerta de entrada, con la cabeza inclinada hacia el cielo, el primer ministro italiano, el señor B, de una elegancia inclasificable, sostiene una tacita de café vacía entre sus manos delicadas e inmaculadas.

Han llamado varias veces a la gran puerta de entrada a la sala. Una puerta maciza de madera noble, que chirría levemente sobre los goznes. Nadie se mueve.

Ha tardado en reaccionar, pero al fin el señor H, juncal en el sillón de orejas, con gesto preocupado pero sereno, ausente por un instante, levanta la mano en un gesto lapidario y autoriza al secretario a franquear el aso. O más bien, conmina al secretario a que abra la puerta cuanto antes, porque casi se puede escuchar la respiración apurada tras el portón y nuevamente suenan golpes exigentes.

El secretario cumple lo ordenado y con celeridad da dos vueltas a la llave, dejando libre el paso. El pasillo rezuma guardaespaldas, hombres trajeados y armados. Por lo menos han triplicado su presencia desde esta mañana, piensa el secretario.

La ministra de exterior española irrumpe a toda prisa en la sala, con el cuello de la blusa ciertamente desencajado, sudorosa. El secretario permanece con la puerta abierta, escrutando otras señales en el corredor. El juego de la imaginación hace flaquear sus piernas menudas y temblorosas.

Los notables, ante la presencia de la ministra recién llegada, abandonan sus posiciones de retaguardia en la sala y se ubican en los sillones que flanquean la posición del señor H. Esperan noticias. Sólo el señor B tarda en despegar la espalda de la pared, aun con la taza fría entre sus manos.

El señor R toma la palabra, respondiendo así a la mirada apremiante de sus colegas.

—Hable ministra, cuéntenos lo que sucede ahí fuera. ¿Puede confirmar las informaciones de la prensa?

—En efecto señores. Incluso diría que se quedan cortos en sus valoraciones. Dos aviones de reconocimiento han sobrevolado el norte de África y llegado más allá de Mali y Níger. Los pilotos confirman todos los extremos de las noticias. La secretaria de estado norteamericana viaja hacia allí de urgencia.

—¿Qué capacidad tiene la prensa de informar en tiempo real de lo que está sucediendo?

Considero que debemos evitar la alarma en la ciudadanía —ha replicado en señor H—.

—Es cierto, como usted dice, que la alarma es grande, pero Marruecos ha cerrado su espacio aéreo, al igual que Argelia y Túnez. Y siguiendo sus instrucciones hemos desplegado una flota que controla ya a estas horas el Mediterráneo. No se permite la navegación.

—¿Y Ceuta y Melilla? ¿Ha hablado usted con las delegaciones del gobierno o los presidentes autónomos? Inquiere el señor R.

—Sí presidente, ellos están en la posición más delicada. Según me informan, por el momento el día es tranquilo, aunque a lo largo de la valla de separación...

—Olviden eso de momento, es un asunto menor, y discúlpenme si se sienten ofendidos, pero me temo que ese aspecto no debe ser objeto prioritario de nuestras preocupaciones —ha dicho el señor B, que ya se aparta del grupo para identificar la llamada que llega a su teléfono móvil—.

Disculpen, ha dicho el señor B, mientras el señor H pide calma, ante la réplica airada del señor R, secundada por los demás con un murmullo entreverado y ademanes solidarios de sus cabezas. El señor B, desde el fondo de la sala comunica a los demás que habla con su ministro de exterior que a su vez le reporta información de sus contactos con las autoridades de Túnez y Libia.

—Señores —dice con aire circunspecto el señor H— el problema que se nos plantea es de una gravedad tal, que considero imprescindible que hagamos un certero análisis de los acontecimientos. Por favor ministra, sería tan amable, ¿a qué nos estamos enfrentando?

Desde el lugar más alejado de la sala llega el sonido de las palabras del primer ministro italiano, que eleva el tono y advierte a su interlocutor que deben movilizar los efectivos militares necesarios hacia el Canal de Sicilia y la Isla de Lampedusa. Varios de sus colegas hacen gestos para que baje la voz.

El secretario ha arrimado una silla para la ministra de asuntos exteriores, al tiempo que él permanece de pie, inmediatamente detrás, como un objeto decorativo de la sala. Los demás cierran un círculo en el cual es cabeza visible la ministra de exteriores, que ha comenzado la narración de lo hechos.

No se sabe cómo ha empezado, ni cuándo, ni dónde. Se desconoce quién dio el primer paso. No parece una acción organizada, sin embargo eso no concuerda con la magnitud y la extensión geográfica del acto. Decirles que, si bien durante las primeras hora fui escéptica ante la posibilidad de una acción espontánea y no organizada, a medida han transcurrido las horas y he ido atando cabos, he de confesares que la hipótesis me parece verosímil...

Piensen que es imposible organizar tamaña maniobra sin que nuestros respectivos servicios secretos no hayan captado el mínimo indicio... Nos enfrentamos a un suceso de naturaleza espontánea, que genera contagio, que se extiende de boca en boca, que gana adeptos de forma vertiginosa con el paso de los minutos... ¿Comprenden ahora la alarma que traté de transmitirles hace unas horas con mis llamadas telefónicas?...

Esta mañana, inopinadamente, ha aparecido un grupo de personas en la valla fronteriza de Ceuta con Marruecos. Es la primera noticia que existe. A los pocos minutos pasaron de una docena de personas a un centenar. Pronto el centenar se multiplicó varias veces. Ahora mismo una cadena humana, se extiende desde Tánger a Tetuán. Es una cadena pacífica y silenciosa. Me cuentan que las autoridades marroquíes dieron instrucciones de disolverla lo antes posible. Tras un primer intento por parte de los policías y militares, un intento que tenía orden de ser contundente y disuasorio, parece ser que las fuerzas del orden fueron de apoco bajando los brazos, haciéndose a un lado para contemplar la escena a metros de distancia. Apenas existe constancia de unos primeros forcejeos y golpes indiscriminados, hasta que la ingrata labor debió de parecerles absurda y guardaron sus porras, retiraron de cuerpo y cabeza las protecciones metálicas y desabrocharon la guerrera...

No acaba aquí la cosa. Parece ser que en los primeros grupos reunidos abundaban, entre otros, los senegaleses y nigerianos, que como es habitual esperaban su oportunidad para intentar cruzar al otro lado. Pero con el paso de las horas las poblaciones locales se unen a la cadena: se abandonan puestos de trabajo y escuelas, la gente cierra casas y negocios, familias enteras se suman a la cadena, se tornan de la mano, se van alargando de manera indefinida a lo largo de la costa...

—Dios mío, ¿qué está usted contando? —piensa en voz alta el primer ministro francés—.

Hay más, señores, ha continuado la ministra de asuntos exteriores. Confirmamos concentraciones en Casablanca en dirección a Rabat y de ésta hacia Larache. En el Sahara, en las inmediaciones de El Aaiun, hacia el norte y hacia el sur, miles de senegaleses, mauritanos y saharauis... Hay numerosos grupos de mauritanos cruzando la frontera en dirección a la costa saharaui. Los mismo sucesos se repiten el Argel, entorno a su puerto, todavía en un número minoritario. Más grave parece el cariz que toman las congregaciones en el golfo de Túnez... También hay manifestaciones en Trípoli, en El Cairo... De todas partes columnas de gentes avanzan hacia el norte... Se vacían las ciudades, el éxodo es masivo.

Santo cielo, que está usted diciendo ¿y las autoridades de esos países qué hacen?

—¿Está usted segura de que las informaciones son fiables?

—Por favor señores —dice con voz rotunda el primer ministro italiano, acallando de una vez el murmullo general— acaso no escuchan bien, estamos bajo una seria amenaza. Propongo que de forma inmediata despleguemos un fuerte dispositivo militar, hagamos una demostración de fuerza. Mano dura, señores...

El murmullo de sus colegas es rotundo y desautorizan la propuesta. Ahora, un terrible silencio se instala en la sala, como si todos los presentes se viesen superados por los acontecimientos.

—¿Acaso no lo entienden? ¿Es posible que no lo entiendan ustedes?

Todas las miradas se clavan en el secretario. Firme, erguido en su corta estatura, con las manos húmedas agarradas en el bajo vientre y el rostro enrojecido por la tensión.

—¿Cuántas más respuestas necesitan?

Dicho esto, el secretario se siente liberado. Dispuesto para salir volando por los aires en cualquier momento.

Entonces la primera ministra de Alemania, señora M, descorre suavemente el doble cortinar que tapa el gran ventanal. No muy lejos puede verse la costa. Es un día despejado, claro, limpio, inmaculado, como ningún otro.

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

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