ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


La otra cara de África, XVII Certamen literario Café Compás

           

Palabras bajo la sombra de un baobab

Amaya NOGUEIRA RODRÍGUEZ

 

“Uzoma, ¡la abuela no quiere morirse!” La llamada no pudo resultar más inoportuna e inquietante. A pesar de que habían transcurrido más de seis años y creía tener el control de su vida y sus decisiones, aquellas palabras trastocaron su escala de prioridades, sólidamente construida al margen de su pasado, su familia y su futuro predestinado al nacer. Sólo durante cinco efímeros minutos, logró ignorar el mensaje proveniente de su poblado natal. Escuchó la voz de su madre, pero la sentencia había viajado desde más allá de los escasos cien kilómetros que separaban la capital de la casa familiar; las palabras provenían de su infancia, o quizás, del lugar de donde surgió antes de ser.

Desde que nació, la abuela de Uzoma se encargó de tenerla pegadita a su falda impregnada de colores estampados cada amanecer, hilando las historias acaecidas desde el albor de los tiempos. Aquel hueco bajo su mirada, estaba destinado para la pequeña, porque al nacer no lloró y a pesar del susto inicial de todos ante la ausencia de llanto, la anciana dictaminó con alegría, que aquella niña prefería el silencio para escuchar, y así debía ser.

Uzoma se pasaba horas junto a la abuela y todos las dejaban a solas, cuando Dada pronunciaba aquellas palabras mágicas: “Uzoma, escucha atentamente, que la historia va a comenzar.” En aquel momento, la abuela y la niña parecían difuminarse entre sonidos y gestos, que dibujaban letras invisibles bajo la sombra cómplice del baobab.

Uzoma escuchó durante muchos años sin decir nada, dueña del silencio que resguarda la verdad, la sabiduría y conforma la memoria. De la misma forma, atendió concentrada a sus maestros en a escuela primaria; después, navegó por un aula de secundaria y afrontó con éxito sus años de preparación hasta llegar a dar el gran salto, convirtiéndose en la primera mujer de la familia que estudiaba una carrera. La abuela Dada la observó con semblante orgullos, el día de su partida hacia la universidad de Ibadán.

—Hoy, partes en busca de tu camino, pero no olvides volver, aún no has terminado de escuchar.

Uzoma veneraba a aquella mujer enjuta y vivaz, que a principios de siglo, había marchado desde la aldea hasta Oloko, formando parte de la famosa lucha de las mujeres Igbo. Regresó a su tierra días después, como si sólo hubiera hecho un paréntesis, diciéndole a los presentes que la esperaban angustiados, “Ahora, ya puedo seguir con mis cosas”, y atándose a la espalda al tío de Uzoma, se marchó a los campos de tabaco y continuó con la labor.

Pero lo más especial de la abuela Dada, no era aquel tesón para trabajar y sacar a su familia adelante, como hacían casi todas las mujeres que Uzoma conocía. Dada era aderezada por una capacidad casi mágica y embaucadora para contar cuentos, hilvanar historias, recitar poesías y cantar canciones a cualquiera que tuviera ganas de escuchar. Puesto que todo el mundo de la aldea y los contornos conocía y apreciaba el don de aquella mujer, cada nuevo cuento que llegaba a oídos de alguno, era inmediatamente transmitido a la anciana, que mimaba las palabras, las abrazaba, hasta grabarlas en su cabeza. Uzoma, bien lo sabía, porque la abuela la había escogido para encomendarle todas y cada una de aquellas palabras almacenadas en su memoria. Así fue, desde que nació en silencio y la cobijó a su lado.

Al partir a la universidad, algo se rompió en aquel hilo invisible que unía a la abuela con su nieta y Uzoma quiso cambiar su destino de eterna narradora. Sus oídos escucharos otros sonidos que fueron arrinconado a las historias de la abuela; el inglés, engulló de la misma manera a su lengua natal y sus faldas “iro” durmieron en el fondo del armario para dejar paso a pantalones y trajes de chaqueta, según ella, más acordes con su nueva vida de joven licenciada en ciencias matemáticas y su puesto, en una de las oficinas bancarias más importantes de la ciudad.

Su vida había cambiado y los viajes a Londres la mantenían ocupada y le otorgaban la excusa perfecta para no regresar a su casa, más que en alguna ocasión muy especial, en la cual trataba por todos los medios de esquivar a la abuela Dada, que la miraba recelosa.

Al pasar frente al Museo de Historia Natural, recordó el día cuando, entre máscaras de madera y esculturas, escuchó obnubilada la conferencia de Amadou Hampaté Ba, que una más pronunció su conocida frase “En África, cuando muere un viejo, es como si se incendiara una biblioteca”. Huyó de la sala, igual que lo había hecho de su poblado, de su abuela, de su destino. Pero aquella mañana, esa frase la hería más que nunca y deseó llegar a tiempo de remediarlo.

En menos de dos horas, Uzoma había llegado a su casa natal. Tras saludar a los presentes, pidió que le dejaran un Kaba para cambiarse y presentarse respetuosamente ante la abuela. Mientras se vestía, su madre le hablaba.

—Está muy enferma, sufre... ella misma dice que se tiene que morir, pero que no puede hacerlo hasta que no te vea, Uzoma, te está esperando.

Uzoma lo sabía, conocía también la razón y lo que iba a acontecer en las siguientes horas. Cuando entró en la habitación, reprimió las ganas de llorar ante la visión de aquella mujer apagándose, un cuerpo casi sin vida, para un espíritu que se negaba a abandonarlo. Sin abrir los ojos, la abuela esbozó una sonrisa.

—¡Uzoma, has vuelto...!

La joven se acercó y se acurrucó a un lado de la anciana, cogiéndole suavemente la mano y dejando escapar una lágrima de rendición.

—He vuelto para escuchar, Dada.

Y así fue, Dada abrió los ojos, que parecieron recobrar su brillo más intenso y Uzoma no se despegó de ella durante los siguientes tres días, alimentándola con pequeños sorbos de caldo, aseándola, cambiando su postura y... escuchando y repitiendo cada uno de los cuentos, poemas o canciones que la abuela quería que fueran recordados. Cuando creyó haber vaciado su memoria sobre la de su nieta, le pidió que la dejara dormir.

—Ahora, las historias son tuyas, tú eres su nuevo recipiente, escoge el camino correcto y no dejes que nunca se pierda una palabra.

Una hora después, la abuela Dada había muerto. Celebradas todas las ceremonias, Uzoma reunió a un amplio grupo de familiares, entre los que se encontraban muchos niños; invitó a todos a sentarse bajo la sombra del baobab, donde su abuela y ella, tantas horas permanecieron al abrigo. El silencio se hizo dueño de la tarde y entonces, Uzoma habló.

—Escuchad, atentamente, porque la historia va a comenzar.

Las palabras heredadas de los ancestros vibraron en el aire, cobrando vida y sentido en los labios de Uzoma. Ella era la nueva narradora de historias de su poblado; haciendo honor a su nombre, había seguido el camino correcto.

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

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