ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Carpe Diem, XVI Certamen literario Café Compás

           

La nariz del Canciller

Rodrigo MARTÍN NORIEGA

 

Si usted entrara en mi casa, y no descarte esa posibilidad si esta historia termina bien, se encontraría con un mosaico que representa al emperador bizantino del siglo VI, Justiniano. Observe que he utilizado la palabra mosaico y no puzle. Identifico mi labor con la minuciosidad de los artesanos antiguos antes que con la visión contemporánea que se ve este arte como un mero pasatiempo. Llámeme pretencioso. Ese puzle es una réplica de quince mil piezas del famoso mosaico de San Vital de Rávena. Y creo que capta a la perfección el hieratismo, la solemnidad, todo el peso de la púrpura. Justiniano y sus cortesanos, captado frontalmente para toda la eternidad. En el vestíbulo de mi casa.

El hombre dejó de hablar un instante y su mirada pareció perderse en evocaciones de tiempos pretéritos. Parpadeó, sorprendido por la intensidad de su propia melancolía, y luego miró a su prisionero como si acabara de verle por primera vez, atado y amordazado en una silla, con la frente sudorosa y los ojos desorbitados.

— Después le haría pasar a mi humilde salón, y sobre la repisa de la chimenea podría admirar una reproducción del mosaico que representa la famosa batalla de Issos que enfrentó a Alejandro Magno contra Darío, rey de los persas. Veinte mil piezas. ¿Puedo hablar de veinte mil pequeñas teselas, unidas con la paciencia de un copista medieval, al precio de malgastar mi ya cansada vista? Volvió a callarse, esperando tal vez una respuesta de su forzado, si no viera la mordaza sobre la boca, las venas hinchadas en el cuello, el pánico latiendo en todo su cuerpo.

— Justiniano y Alejandro. Mi pasión por los grandes hombre podría ser interpretado puerilmente por cualquier psicoanalista como una forma de sublimar un complejo de inferioridad. Por ese dejé de acudir a ellos —ahora su tono de voz se llenó de un reproche que parecía dirigido a todos los psicoanalistas del mundo— Si elijo grandes hombres es porque uno no puede invertir su tiempo en homenajear la mediocridad. la mediocridad inunda el mundo. Mis puzles se elevan contra ella. Ese es mi tributo a la grandeza y tal vez, lo admito, la mejor forma que tengo de alcanzar yo mismo cierta grandeza.

El prisionero percibió ahora algo más alarmante. la tristeza infinita de su captor. Estaba en manos de un hombre profundamente infeliz, y los hombres infelices guardan cuentas pendientes contra toda la humanidad. Lo que no podía entender todavía es qué tenían que ver los puzles con todo aquello. Él había regresado a su casa esa noche y allí estaba, agazapado en la oscuridad, acechando a su presa como un depredador experto y paciente, el hacedor de puzles. La expresión le provocó un escalofrío que agitó su cuerpo contra el respaldo de la silla.

— ¿Tiene miedo? ¿Tiene miedo de mí?

La expresión de su cara reflejaba una mezcla de sorpresa e indignación.

— No debe tener miedo de mí. Soy una persona normal. Una buena persona me atrevería a decir. Y sé perfectamente que las buenas personas no entran en las casas para atar a los dueños. Ésta ha sido una medida extrema. Y si le ha tocado a usted es porque es el único de su empresa que vive solo. No quería asustar a la inocente esposa de nadie, y mucho menos a ningún niño. ¿No es esa prueba suficiente de mi humanidad, señor Sarrail? Michel Sarrail empezó a racionalizar lo que estaba ocurriendo. intentó abstraerse de las cuerdas o de la cada vez más asfixiante presión de la mordaza, para concentrarse en el hombre que estaba ante él. Había hecho sus deberes, eso estaba claro. Era metódico, pero eso era fácil de imaginar. El negocio de los puzles vive de la gente metódica. La gente metódica había pagado su casa. Así pues, debía deducir que estaba ante un cliente molesto. La otra opción era que se trataba de algún tipo de venganza empresarial, pero en ese caso el hombre estaría hablando de dinero y no de miles de piezas. ¿Un empleado despedido, tal vez? ¿Otra víctima arrastrada por el maremoto de la crisis exigiendo reparación? Sin embargo él, Michel Sarrail, apenas era un peón más en el organigrama de la empresa. Un peón sin familia, para su desgracia.

— Sí, sé su nombre, sé muchas cosas de usted. Sé que usted, para empezar, es inocente, no es el causante directo de mi dolor. Es exasperante vivir en un mundo tan fragmentado en el que las culpas se acaban disolviendo en el líquido brumoso del anonimato corporativo. El hombre se frotó las manos y se recreó en su propia retórica. Sarrail intuyó que era un discurso preparado y ensayado ante el espejo, una burda estratagema de autojustificación. Porque las buenas personas necesitan motivos para secuestrar a inocentes en sus propias casas. Ese hombre podía estar loco, pero su locura estaba bien estructurada, había un orden subyacente en el caos de su palabrería incesante.

— Y eso nos lleva al motivo de mi visita señor Sarrail. Permítame que me afloje la corbata. Y que beba agua. Michel no había reparado en la botella de agua de un litro que su captor tenía en la mesilla del salón. Estaba medio vacía. ¿Cuánto tiempo había estado esperándole? Llenó un vaso y bebió con determinación. Recordaba a un abogado a punto de dar su alegato. O mejor dicho, pensó Michel, un fiscal. Implacable. Un servidor de la Justicia dispuesto a enfrentarse a las triquiñuelas corporativas.

— Tengo puzles en los pasillos. Tengo un pequeño puzle, protegido por un cristal, en el baño. Es una réplica del retrato de Carlos V en la Batalla de Mülhberg pintado por Tiziano. Entienda que pequeño significa, en mi escala, cinco mil piezas. Qué menos para un emperador, ¿no? He aquí un hombre que hace sus necesidades bajo la mirada triunfante de un rey del siglo XVI. Michel imaginó a uno de los, al parecer numerosos, psicoanalistas del hacedor de puzles, asintiendo con gravedad ante esa revelación y sonriendo para sí mismo.

— Pero me faltaba para mi dormitorio. Algo hermoso, relevante, significativo, el arte, la historia, la elevación humana frente a mi cama para estimular mi espíritu cada mañana. Y un día, de visita en el Louvre, me encontré con él. Con el canciller Rolin. Por la mirada ensoñadora y su tono ligero y risueño podría estar describiendo un amor a primera vista, un flechazo al toparse con una mujer hermosa una mañana de verano en un parque, uno de esos pequeños y gratificantes momentos con los que la vida nos recompensa y nos engaña al mismo tiempo. Pero su captor era un hombre peculiar. Había caído rendido ante los encantos de un canciller del siglo XV.

— Usted conocerá el cuadro de Jan Van Eyck. Uno casi siente la necesidad de arrodillarse. Pero observe al buen canciller. Mira a la Virgen sin temor. No se amedrenta ante la divinidad de la Madre de Dios. ¿No ve en su orgullo no sólo el orgullo de un hombre sino el de toda una nación de comerciantes, el empuje de la Edad Moderna, el capitalismo triunfante y secularizador?

Michel conocía el cuadro, pero nunca había pensado en él en esos términos. Y dedujo que su secuestrado tampoco. Lo ha leído. Está recitando de memoria.

— La providencia quiso que su empresa tuviese ese cuadro en catálogo de puzles. Y no precisamente para aficionados. Otras veinte mil piezas para desafiar a los verdaderos practicantes de la paciencia y la perfección. Lo compré. No me pareció caro, no se preocupe, mi tragedia no es tan prosaica. Si hablamos de cifra. Le daré otra. Cuarenta días. Se me resistió. Esos colores, ese manto, esa perspectiva difuminada. Se convirtió en un tormento exquisito. Volvía a aislarme del mundo y de los hombres. Soñé cuarenta noches con esa imagen. Recibí la visita del canciller en ocasionales alucinaciones provocadas por el exceso de horas frente al puzle a medio hacer. Un hombre que no baja la mirada ante la Virgen no es una visita agradable cuando los ojos te escuecen por el sueño y tu cerebro parece sumergido en arenas movedizas. Fue el puzle más difícil de mi vida. Me ha producido euforia y llanto, ha puesto a prueba la fortaleza de mi espíritu. Pero tras un infierno de cuarenta días, hace una semana coloqué la última pieza. Me tendí en el suelo, junté las manos y lloré. Hasta que me di cuenta de una cosa.

Y en ese momento Sarrail sintió que la habitación se llenaba de sombras y se desataban extrañas fuerzas en las regiones más oscuras de aquel hombre.

— Había un hueco. Un mínimo espacio en blanco. Faltaba una pieza. La punta de la nariz del canciller... Busqué, busqué por toda mi casa, debajo de los muebles, detrás del frigorífico, entre los libros, busqué como un poseso. Y no encontré nada, querido Michel Sarrail. Porque esa pieza no existía. ¿Leyó el breve comunicado en la página web de su empresa? "Retiramos del mercado el puzle ‹‹la Virgen del Canciller Rolin›› tras haber detectado pequeños problemas". Pequeños problemas. Cuarenta días perdidos, mi ilusión, la pasión que da sentido a mi vida.

Michel no pudo evitarlo. Sintió lástima. Él solo era un directivo de la sección de marketing. Desconocía ese defecto en ese puzle. No era su campo. No tenía nada que ver con él. Pero a su pesar, empatizó con el desconsuelo que abrumaba a aquel pobre hombre.

— ¿Qué tiene que decir al respecto Sarrail? —le preguntó, acercándose a él y quitándole la mordaza. Libre para hablar. Michel supo que debía medir sus palabras, pero en lugar de eso dijo lo que pensaba.

— Lo siento. Lo siento mucho. Pero tal vez debería tomar esto como una lección. Viva la vida, salga, relaciónese con la gente. Hay un mundo más allá de sus puzles. El tiempo pasa muy rápido. Aprovéchelo. Antes de terminar de hablar supo que se había equivocado profundamente.

Su captor tenía la boca abierta y una mueca casi deforme. Daba la impresión de que acababa de recibir una bofetada. Se frotó las rodillas con los nudillos. El roce sobre la tela del pantalón estremeció a Sarrail. Una sílaba sin pronunciar quedó flotando en la comisura de sus labios.

El hacedor de puzles meditaba. Se vio con doce años, un niño silencioso y esquivo, haciendo sus primeros puzles. Paisajes nevados. Países que nunca visitaría.

Se vio décadas después. Un adulto silencioso y esquivo. Michel Sarrail no podía entender el alcance de su blasfemia. ¿Quién le devolvería todos esos momentos que según él no había aprovechado?

Miró su reloj. Tenía tiempo de sobra. Y por una vez en su vida, lo iba a aprovechar.

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