ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Carpe Diem, XVI Certamen literario Café Compás

           

Anotaciones de una joven científica en África

Manuel LUACES CONDE

 

La joven se coloca el poncho a la vez que se pega al tronco de un gran árbol para guarecerse de la intensa lluvia que golpea la tierra haciendo saltar pequeñas gotas de agua (como esquirlas de un cristal que se ha roto en pedazos). Esta mañana de abril, a pesar del frío y la humedad, se siente excitada mientras observa a la familia de chimpancés comiendo en una de las ramas más altas de un árbol cercano. La madre y los dos gemelos juegan como si nadie más que ellos habitase su territorio, se sacuden el agua con bruscos movimientos del cuerpo e intercambian comida apaciblemente, alejados de momento del peligro que siempre acecha a estos animales. En la libreta que guarda bajo el poncho la joven científica ha anotado, hace apenas unos minutos, antes de que la lluvia convirtiese la escritura en una actividad imposible, algunas observaciones sobre la extraña vida de esas criaturas. Por ejemplo: "A Fofo y sus dos gemelos, Fofo y Fifí, les gusta separarse del resto del grupo. A veces parece que sienten que podrían vivir aislados y que esa vida sería plenamente satisfactoria y gratificante. Los pequeños juegan molestando a la madre mientras ésta permanece vigilante. Los chimpancés son seres agresivos y su mundo en ocasiones se vuelve terrorífico. Un auténtico infierno".

La joven se seca la cara con el dorso de la mano y observa los movimientos lúdicos de los gemelos. África puede resultar una experiencia demasiado dura, piensa. En el último año vio morir a dos de sus chimpancés más queridos. Su madre ha muerto hace menos de tres meses en un hospital de Madrid, de un cáncer de páncreas. La joven se sorprende del desorden de su mente. Cuando piensa en seres queridos piensa en esos chimpancés y en su madre. El tiempo que lleva en este continente ha cambiado la percepción que tenía de las cosas. La percepción del conjunto de la realidad. A sus veintiocho años ha incorporado a su representación del mundo la idea de la muerte de una manera sobrevenida, cruel, verdaderamente brutal. Cuando una incursión de chimpancés 'extranjeros' atacó al grupo que ella estudia anotó en su libreta líneas de dolor y desesperación: "El macho que la tarde anterior copuló en dos ocasiones con una hembra en celo esta mañana ha sido asesinado. Los crueles autores del ataque, una vez que lo mataron, tras acorralarlo aprovechándose de ventaja numérica, le desagarraron los miembros y golpearon su inerte cabeza con una rama". Luego en el campamento, en el margen de este párrafo anotó lo que sigue: "Aquí en África he aprendido que uno debe tomar de la vida lo que ésta le da. En caso contrario o se llega tarde a las cosas o nunca se alcanzan. Lo que no vivimos hoy, en este momento, puede que nunca lleguemos a vivirlo".

Desde que murió su madre la joven siente un especial desarraigo y piensa que vivir en África tal vez no contribuya a atenuarlo o disiparlo. Hace sólo unos días un compañero en la investigación, un joven alemán algo torpe, intentó entrar en su tienda con fines abiertamente sexuales. La joven lo rechazó en un principio pero ahora considera que ese rechazo fue una respuesta poco meditada y, quizá, contraria a sus verdaderos intereses. En su libreta anotó lo siguiente: "La observación científica del sexo de los chimpancés me ha perturbado. Que una hembra pueda copular veinte o treinta veces en un solo día es algo sorprendente. Schröeder, a pesar de que no tiene el perfil de un macho alfa, se ha comportado conmigo como un maldito chimpancé. Aunque estemos a miles de kilómetros de nuestro mundo no consigo olvidar ciertos protocolos y convenciones de occidente. Schröeder debe reelaborar su cortejo. Quiero decir que aunque no soy una heroína de Jane Austen tampoco soy como Fofo".

Esta mañana lluviosa la joven ha intentado analizar su posible relación con el científico alemán. Ha pensado seriamente en acercarse a él y, sin subterfugios, contarle que, en estos precisos momentos de su vida, tras la muerte de su madre, necesita un plus de cortesía y buen trato. Y, por qué no, al mismo tiempo mostrar, ella, una disposición favorable. Sin embargo, bajo la lluvia, cobijada en el tronco de un árbol enorme, abrigada por el poncho impermeable, con la libreta de anotaciones apretada contra su pecho, no acaba de decidirse. De hecho, piensa, últimamente todo en su vida es confuso y ella se ve a sí misma como un ser perplejo. Frágil y perplejo.

Cuando su madre le escribió una carta anunciándole su grave enfermedad la joven científica se recriminó por haber venido a África y apartarse radicalmente de su anterior vida. Dibujó un autorretrato cruel: una mujer independiente, en los profesional y en lo emocional, un ser egoísta, una mujer ambiciosa y que no se deja intimidar por nada, una joven que está segura de lo que quiere y que sabe cómo conseguirlo. En fin, una hija que ha abandonado a su madre. Si recuerda este autorretrato siente deseos de llorar. La joven, apretada al tronco del árbol que la cobija, con el poncho goteando, piensa en su madre y observa a los chimpancés. Ahora su mundo es algo complejo y que no es fácil de etiquetar o clasificar. Ahora todo es distinto y ella no está segura de poder controlarlo.

Si Schröeder se acercase, olvidándose de su cerebro animal, reptiliano, y le halase de Alemania, de su familia, de sus estudios universitarios, de los artículos que ha publicado en revistas que gozan de gran prestigio en el mundillo científico, entonces quizá ella conseguiría superar el recelo inicial. Eso es lo que piensa en este momento, observando cómo la lluvia golpea la tierra y lanza esas diminutas esquirlas de agua contra su poncho. Cuando amaine cogerá su libreta y seguirá con sus anotaciones: "Schröeder no es un chimpancé aunque a veces hace gestos vulgares y cuando se ríe abre una boca enorme enseñando sus encías coloradas. Me resulta fácil, además de ser un tópico, imaginarlo devorando salchichas y bebiendo cerveza de una gran jarra". La joven, lo sabe, necesita recurrir al humor. Eso es algo que en no pocas ocasiones la ha salvado del desastre.

Piensa en la enfermedad de su madre y necesita traer a su mente ideas que compensen ese dolor. También piensa en algo que su madre le dijo, casi sin fuerzas para hablar, entubada, monitorizada, horas antes de fallecer:

—No seas cruel contigo y aprovecha cada momento — las manos de su madre estaban apoyadas sobre la cama como animales muertos, anunciando el final-. estoy orgullosa de ser tu madre y no me gustaría que cambiases. Vuelve a África y vive.

Las escenas del hospital vuelven a su cabeza una y otra vez. Como una carga pesada. Un lastre que ya nunca le abandonará. Lo sabe. Piensa y sufre. Piensa y mentalmente anota palabras en su libreta. Piensa y observa a Fofo y los gemelos. Cree que África ha cambiado su vida y se lo ha dado todo. Las incomodidades, que en un primer momento la mortificaron, ahora le resultan meros contratiempos sin importancia. Los que aventuraron, no sin burla, que no resistiría se han equivocado. Sonríe.

La lluvia persiste y ella, pegada al tronco, recuerda instantáneas significativas de su vida en Europa. Un álbum de fotografías desfila por su mente, ilusionándola, entristeciéndola. Cuando tenía cuatro o cinco años, y siempre en el mes de agosto, viajaban a la playa: sus padres y ella en bañador recogiendo algas de la orilla, caracolas, piedras que entonces le parecieron preciosas. En los bailes que organizaba su colegio: Disfrazada de oveja para una función de navidad. En una cancha de baloncesto, ya adolescente, con sus compañeras de equipo y amigas de primeras juergas. Con uno de sus primeros novios, un estudiante con acné y siempre de mal humor. Etc. La joven científica está tratando de decidir si la vida merece la pena. Piensa en su madre. Piensa en el futuro que le espera. También piensa en una nueva anotación: "Los chimpancés no son tan diferentes a los humanos. Son inteligentes. Fabrican instrumentos. Tienen sentimientos. Se compadecen. Son solidarios. Violentos. Maliciosos. Y siempre viven el presente".

La joven científica recuerda la famosa sentencia de Leakey, el mentor de Jane Goodall. Hay que redefinir "hombre". Como si algo especial le hubiera ocurrido de repente siente un irrefrenable deseo de ser feliz. Por lo menos intentarlo. Decide lo que hará. Luego coge su libreta del interior del poncho y, arqueada sobre ella para protegerla de la lluvia, escribe, pensando en Schröeder, pensando en lo que será de su vida, en el futuro: "Mamá tenía razón. Debo aprovechar el momento. Vivir intensamente". ¿Fofo, algo insólito la está mirando? Sonríe, pensativa.

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