ASOCIACION LITERARIA Y CULTURAL
"CAFE COMPAS"


Carpe Diem, XVI Certamen literario Café Compás

           

La cálida luz del instante

Ángeles ZAMORA SERRANO

 

Confiamos al tiempo nuestras esperanzas, y el tiempo nos momifica y nos sepulta bajo tierra, antes de hacer realidad nuestras ilusiones. Siempre aliado con un destino voraz, insoportable en sus marchitas decisiones; por eso hay que aprovechar cada día, la cálida luz del instante.

Me llamo Alberto Alonso. Soy un joven vallisoletano que, cabalgo por la vida como un famélico e iluso Quijote a lomos de un Rocinante con ruedas, que siguiendo con trotecillo, algo loco e idealista, el devenir de la existencia. Es decir, tránsito errante, alentado por un ramillete de zanahorias, a modo de respuestas, que nunca llego a alcanzar, porque la vida, al lastre de mi parálisis, le ha puesto obstáculos en forma de monstruosos molinos con más aspas que los cien brazos del gigante Briareo.

Soy, la víctima de una distracción inoportuna sobre una bicicleta. Y, no es que yo sea un artista de quijotadas irracionales y poco creativas. No señor, nada más lejos, pues siempre tomé conciencia de mi ser y odié el riesgo y la violencia, incluso en sus derivaciones de amago. Pero el destino me ha convertido ahora en el despojo de un desastroso desliz ciclista contra un bolardo inoportuno. Existo como el receptor de un turbio regalo del destino sin genética ni culpables. A quien ni siquiera le llegó el aviso de su fiel escudero con la advertencia de: -"Que no son gigantes... ¡Que son molinos, señor!"-.

Desde el descalabro tengo una paraplejia, y me he convertido en un idealista moderno sobre ruedas lastradas. Mi problema no es contagioso ni un virus mortal. Y aunque estoy un poco resentido por ello, no voy haciendo trampas por la vida, más bien caigo en ellas. Y sí, lo confieso, es cierto que pago menos impuestos, y los hay que por ello incluso me envidian. También los hay que me quieren con curiosidad de escarnio. Es el clásico amor al prójimo convertido en objeto de cháchara dañina. —"A saber como iba en bici cuando se cayó"-. Y es que algunos somos blanco de todo. Carne inerte la mía, de horca o de cañón. Ya lo dice el Evangelio: "Por sus actos los conoceréis..." Y por lo que de nosotros digan. La paja ajena. Juzgar y ser juzgados. -¡Menuda suerte tiene, siempre lo colocan en primera fila en todos los espectáculos!-.

Pero cada unos de nosotros, a lo largo de nuestra existencia, la vida encierra uno o varios actos canallas, mientras llegan, nos sentimos abrumados con cosas tan triviales como dejar de filmar, estar sereno, poder dormir o empastarse las muelas. Pero a veces, cuando llega ese acto canalla insufrible, nos tienta a la renuncia, a esa postrera aceptación del fracaso, ese familiar desaliento que hace arrepentirnos de vivir, que te tortura y te pregunta, un terrible por qué, una esencial zozobra vuelta contra ti, ciega, rencorosa.

Y es que el azar es ambiguo, como ambigua es la vida o no vida. Aquel accidente fortuito ha dado iguales razones a mi felicidad y a mi desgracia ¿Por qué, entonces, esa obstinación mía por vivir...? ¡Por Eloísa! Esta muchacha resume espacios de búsqueda inconsciente. Es el centro fugaz que corona la intensa dispersión de mis sentidos y la consoladora tela de mis sueños. Por eso la miro como soñándola, en abierta intimidad, con usura celosa, como si ante mis ojos estuviera cristalizando lo imposible. Con terco aliento, trato de reconstruirla en mi noche, ayudado por la oscuridad que apaga toda referencia y acalla el griterío de las falsas imágenes.

¡Esta tarde la veré! En la rosaleda de Núñez de Arce. Hemos quedado en el Recital Poético de Primavera del Campo Grande. La espera de su presencia es tiempo paralizado en la ansiedad. Tiempo vertiginoso y radiante, lleno de pasión por tenerla a mi lado. Y es que el amor, se manifiesta en la espera anhelante del ser amado. Anhelante, sí, porque el amor lo invade todo como alvéolos de esponja. Sé, que solo una vida tengo, incierta, única. Y, cuanto más retrocede la cuerda del arco de la vida —tensada, retraída, como huyendo del blanco- con más hondo desquite se dispara, con más certero ímpetu va a clavarse en el centro de lo que merece vivirse, el amor.

La vida me ha enseñado que es inútil dolerse de un destino que tan cruelmente arrebata y une, que con tanta frecuencia pone junto a la espina de la pena la flor de la alegría. No es fácil para dos parapléjicos concertarse una cita. Por eso, antes de que pierda el amor como anguila escurridiza, voy presto a consolidar mi aventura de amor sobre ruedas. Observo el camino del Campo Grande, al pasar por Portugalete que, sobre los peldaños afilados de la plaza, suben y bajan, con su ágil desequilibrio ciego, unos cuantos jóvenes en monopatín. Y, sin quererlo, veo con esa distancia de niebla o sueño mi propio rostro en el espejo, nítido, hiriente, de aquel fatídico bolardo donde mis posibilidades quedaron cercenadas, otra vida, otros pasos. A veces me pregunto ¿Por qué aquí, tan pronto, recluso en esta silla de ruedas?... El escorzo de pesadumbre pronto queda oculto, cuando desde esta plaza contemplo las inhiestas torres de la Antigua y la Catedral. Con su alzado, cambia el repentino y oscuro presentimiento, no de lo por venir, sino de algo pasado. Y es que el miedo nos encoge para que, resistiendo, podamos bendecir su rutina y abrazarnos a ella como a la suma de una felicidad no por discreta, menos poderosa, esencial y vibrante. incluso tenemos miedo de amar por temor a que la amada no nos ame.

Sí, es absurdo, pero en ocasiones, me pasaba todo el día consumido en deseos vanos por lo que hubiera sido, cuando lo ocurrido, pasado está. Es la ansiedad del que espero, pero ve impotente que nada llega. Sin embargo, cuando se tiene constancia de lograr lo máximo, el amor, qué bello estodo. Incluso el cariño se magnifica en la dulce espera del ser amado. ¡Qué hermoso es el instante que precede a la llegada de tu amada! Es como vivir en una eterna primavera. En una constante puesta de sol.

Por la calle de las Angustias, el teatro Calderón me recuerda el deleite de las comedias de Lope, Calderón, Cervantes o Zorrilla, todas ellas con similar juego y esquema romántico —casa con dos puertas es difícil de guardar- damas duende, ardientes Doroteas, el seductor, la bella, un mundo diseñado para el amor. Don Quijote, Don Juan, La Celestina, todo un recorrido en torno a la esencia de lo amoroso. Amor ideal. Amor desenfrenado en algún que otro claustro. Amor venal. Unos sueñan. Otros viven o creen vivir. Y otros trafican con los sentimientos y con el alma. Todos aferrados a la vida, al presente, al amor. ¿Hay algo mejor?

Ya he llegado a Ferrari, la fuente monumental en cuyos lados hay esculturas con los oficios de los antiguos gremios de Valladolid, me recuerda el mío. Trabajo y lo agradezco como la mayoría, pues la puñetera crisis me afecta más que a muchos. Soy el encargado —de cara al público- de atender las reclamaciones de los clientes. Debo colocar las latas bajo las goteras de la empresa. Las palanganas de loza picada en ventas, y, los calderillos en reclamaciones. Lo mío es un tecleo politonal que compone agudos resbaladizos con los palanganas y graves con los opacos calderillos para descongestionar la nerviosa solemnidad del "dies irae" con que amenazan los clientes. Faeno rápido cuando el peso es leve y despacio cuando la carga es excesiva, como todos, pero siempre cumplo por si acaso, para no perder la altura de todos aquellos a los que represento y, a quienes han confiado en mi; todo ello, alentado por un optimismo indesmallable, que me hace no rendirme ni ante la evidencia del famélico Rocinante sobre el que cabalgo.

En la Plaza Mayor, con sus soportales en donde, para no enturbiar la limpieza de la luz, sestean las sombras; las fachadas ocres soportan buhardillas que resaltan como vigías, como escorzos de cigüeñas inmóviles que parecen escuchar en la tarde de primavera el susurro en presentimiento de la palabras del Conde Ansúrez. Pero mi cabeza solo repite la de Eloísa. Desde que la conocí nos comunicamos por Internet, ella interrumpió mi orfandad y cesaron mis lamentos. No es fácil en mi situación hallar Dulcineas. Mi mundo comenzó a girar en torno a su plácido equilibrio. Cada noche, a través de la pantalla, vivo instantes de privilegio aún no contaminados por el hedor de la rutina, por la pátina del tiempo, que todo lo nivela y vulgariza. Son bellos instantes en que faltan las palabras para reflejar el cúmulo de sentimientos agolpados a la altura del corazón. Torpes instrumentos mis palabras para sacar a la luz tanta vehemencia ardiente como lava desbocada que se propaga por las laderas de mi alma. Eloísa me enardece con sus ojos que fascinan, que atan, ojos labrados en transparencias, diamantinos, ojos que hablan sin necesidad de hablar, ojos que comunican sensaciones imprecisas, mensajes celestes, clandestinos, subyugantes. Eloísa, todo en ella es un milagro de palabras y frases que seducen, que enamoran, que cautivan y crean pasión.

En medio de un slalom permanente, esquivando peatones, he discurrido por la calle Santiago llegando a la plaza de Zorrilla. Junto a la escultura del poeta romántico el sol mana limpio, desde un cielo muy azul por el que una claridad de mayo susurra con parsimonia los versos del poeta junto a la fuente tranquila. El agua recita como tú, Eloísa. Esta tarde, sin Internet de por medio, venceré mi impedimento y me levantaré cuando llegues para saludarte con galantería, para besarte y, será tan perpetuo nuestro encuentro, que se fundirá el hielo de la soledad, de la insoportable soledad. Y llegará el momento inigualable de sentarnos frente a frente, tú y yo, los dos, en un cosmos cerrado, llenos de gozo y plenitud. Todo lo gris será borrado, desaparecerá cualquier indicio de tragedia, ella y yo, y su mano tendida muy cerca de mí como firme anclaje, como garantía perduración. Hablaremos del largo periplo en torno al universo de nuestros sueños, de matrimonio, de seguridades, de soles, de dulces lunas de miel. este dos mil trece venturoso, que tú ves despuntar en el cielo y que ha de ser forzosamente el año de nuestra palingenesia, el inicio de nuestra gran aventura en común. Donde pasaremos juntos noches enteras como amantes que exploran con pasión desaforada la geografía erótica de nuestros cuerpos: sinuosidades, recovecos íntimos, oasis y marismas, deltas y valles, suaves meandros y acantilados.

En la rosaleda de Núñez de Arce, los colores poseen ahora mismo, no sólo una luminosidad diferente, sino un aroma especial. Y, entre poemas, la tarde, esta tarde de primavera que quiere alargarse, huele a azul, a un azul profundo con resonancias de agua, con respiraciones de agua. Posiblemente, porque es la hora en la cual -aprovechando la calma en soledad que pasea por el Campo Grande- los rapsodas declaman, y las fuentes, todas las fuentes del parque, emulan a los maestros. ¡Qué bello momento! ¡Qué hermoso es vivir!

Mi cabeza lleva un rato oscilando nerviosa, buscándola. Ya debería de haber llegado. Nada como una incomprensible espera, una larga espera para patentizar el agobio del discurrir del tiempo, el fardo lúgubre de los minutos sobre nuestras vidas. Eloísa, ven ya, ¿Qué puede haberte ocurrido?

Alarmado, compruebo que no vendrá Eloísa. Un mensaje de móvil me lo acaba de sentenciar. Vive en Fuensaldaña y no posee una silla automática como la mía; su movilidad es reducida si no tiene ayuda.

La felicidad es de los que saben ver, de los que saben descubrir la vida detrás de su propia fatalidad. Por eso, ahora disfrutaré de la poesía aferrándome esperanzado a la próxima cita. Sé, que debo aprovechar cada día, la cálida luz del instante. "Carpe Diem", y en eso estoy, sin rendirme; a pesar de que es muy duro ser Quijote o Dulcinea, en medio de tantas barreras arquitectónicas y sentimentales.

© El Autor y La Asociación Literaria y Cultural Café Compás de Valladolid

 

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